7 minutos es una de las obras más incisivas del teatro europeo contemporáneo. Escrita por Stefano Massini a partir de un hecho real, la pieza nos sitúa en el corazón de un conflicto aparentemente mínimo que encierra, sin embargo, una profunda reflexión sobre el poder, la dignidad y la fragilidad de los derechos conquistados.
Sinopsis
En una sala de reuniones, once trabajadoras deben tomar una decisión crucial: aceptar o no la reducción de siete minutos de su descanso diario. A partir de este gesto ínfimo, la obra despliega un intenso debate colectivo en el que afloran el miedo, la solidaridad, la culpa y la conciencia de clase. 7 minutos convierte la palabra en campo de batalla y nos interpela directamente como sociedad, recordándonos que las grandes renuncias suelen comenzar con concesiones pequeñas, casi imperceptibles, pero de consecuencias irreversibles.
Palabras del director
Me interesa 7 minutos porque coloca en el centro una pregunta incómoda y profundamente política: qué estamos dispuestos a ceder —y a quién— para sostener la ilusión de seguridad. La obra sitúa a once mujeres ante una decisión urgente, aparentemente menor, pero cargada de consecuencias. Lo que está en juego no son solo siete minutos de descanso, sino la lógica que los contiene: la aceptación progresiva de pequeñas renuncias que, acumuladas, terminan redefiniendo el marco entero.
No es un conflicto excepcional, es un mecanismo reconocible. Aún no hemos comenzado los ensayos, pero sí hay una intuición clara: no me interesa una lectura conciliadora. El texto no pide consenso, sino fricción. Todas las posiciones son defendibles, y precisamente ahí reside su potencia. También aquellas que nacen del miedo, de la necesidad o de la tentación de preservar lo propio incluso cuando eso implica no sostener a los demás.
Vivimos en un contexto donde lo colectivo se invoca constantemente, pero a menudo se diluye en cuanto exige un coste real. 7 minutos pone el foco en ese punto exacto: el instante en que hablar, posicionarse o sostener una idea deja de ser abstracto y empieza a tener consecuencias.
El trabajo escénico buscará una presencia directa, sin coartadas, donde la palabra no ilustre sino que confronte. Donde el grupo no funcione como refugio, sino como espacio de tensión. Porque, en el fondo, la obra no pregunta qué es lo correcto, sino algo más incómodo: qué estamos dispuestos a perder —y a quién— para no perder lo nuestro.
Ese es el lugar desde el que quiero empezar a trabajar.
Sergio Peris-Mencheta



