Himmelweg

Himmelweg

A primera vista, Himmelweg es una obra de teatro histórico. En realidad, es –quiere ser- una obra sobre la actualidad. Una obra del dramaturgo Juan Mayorga dirigida por Raimon Molins.

SINOPSIS

Habla de un hombre que se asemeja a casi a toda la gente que conozco: tiene una sincera voluntad de ayudar a los otros; quiere ser solidario; lo asusta el dolor ajeno. Sin embargo, también como casi toda la gente que conozco, este hombre no es suficientemente fuerte como para desconfiar del que le dicen y le enseñan. No es suficientemente fuerte para ver con sus propios ojos y denominar las cosas con sus propias palabras. Se conforma con las imágenes que los otros le dan. Y con las palabras que los otros le dicen. “Camino-del-cielo”, por ejemplo. No es suficientemente fuerte para descubrir que “Camino del cielo” puede ser el nombre del infierno. No es suficientemente fuerte para ver el infierno que se extiende bajo sus pies.

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  • Sergi Pascual Sedó

    Hemos tenido ocasión de ver dos veces esta obra, la primera en Barcelona.
    Lo primero: la historia es demoledora y resulta imprescindible para tiempos como los nuestros. Los increíbles sucesos que se dieron en Theresienstadt (que nosotros desconocíamos) hay que conocerlos. Mi tía, que también nos acompañaba, y había estado hacía unos días en un campo de refugiados, no podía dejar de decir: «es lo mismo de ahora, es que es lo mismo…»
    Lo segundo: el texto de Mayorga es extraordinario. Para los que conozcan al autor no será una sorpresa, para los que no, es una referencia obligada. Que prodigio de sensibilidad. La obra transita la difícil frontera entre lo que hay que narrar, lo que se puede narrar y lo que no podemos representar. El texto de Mayorga revela la sabiduría de su autor, que es enorme.
    Lo tercero: la puesta en escena nos pareció un acierto absoluto. Representar, visibilizar y dar voz a los que se perdieron en el silencio implica decisiones dramatúrgicas y escénicas que son, al mismo tiempo, éticas. Nuestra felicitación para ellos.
    Y por último: la encarnación de los actores de los personajes que representan está a la altura de los retos que suponen. Cuando un leve gesto en el rostro, una inflexión en la voz, tiene una connotación tan abismal como en el caso que nos ocupa, las discusiones tras la obra están aseguradas. El trabajo de los actores es enorme, y es el que a nosotros nos permite reflexionar, un poco mejor, sobre las cuestiones que a todos nos conciernen.
    Naturalmente, como todo en la vida, la obra no sólo tiene virtudes. Pero éstas se sitúan abrumadoramente por encima de los defectos. Las posibles debilidades del montaje nos parecieron vinculadas a la sensibilidad personal de cada uno, y aunque dejamos constancia de ello, no podemos dejar de sentir que cualquier recomendación que podamos hacer es poca.
    Enhorabuena.

    04/02/2017