Antón Chejov fue el máximo exponente del realismo ruso, por eso nos identificamos con sus personajes y con sus tramas, porque lo que les sucede a ellos, también nos sucede a nosotros. En todas sus obras encontramos personajes que viven dominados por sus sueños y sometidos por su realidad. Ignacio García May, adaptador de esta versión y Juan Carlos Pérez de la Fuente, director; abordan esta producción con valentía y elegancia. Nos muestran personajes con ilusiones y desilusiones y también con inconsciencia ya que no saben qué va a ser de ellos en el futuro y ni les importa.
Cada uno de los intérpretes lucha con su conflicto y con sus contradicciones. Todos sin excepción están en perpetua lucha con sus miedos; no saben qué va a ser de ellos y juegan a que la vida seguirá siendo igual mañana.
En esta producción brillan varias cosas, a saber: la escenografía es limpia, diáfana y sin elementos superfluos ni baladíes pero suntuosa a la vez. El vestuario es minucioso y maravilloso. La iluminación magníficamente diseñada, crea los espacios y las horas del día con mucha belleza.
Por último la interpretación. Como ya he dicho todos tienen y muestran sus conflictos. Podemos ver sus monólogos interiores a cada momento, no hace falta que hablen para oír lo que sienten. Todas y todos están impecables.
Pero hay que prevenir al gran público: Chejov es un autor intenso y profundo. Sus palabras nos llegarán al alma pero hay que conectar con él y no soltarle. Una vez realizado esto, disfrutaremos de un montaje estupendo y habremos visto TEATRO (en mayúsculas) en el mas bello sentido de la palabra.
