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La clausura del amor: Disparando palabras

La clausura del amor
30/01/2017

El amor y el desamor son dos constantes a lo largo de toda la vida y, como no, también lo son en el teatro y en muchas de las otras disciplinas artísticas. En esta ocasión, Kamikaze producciones, nos trae una obra sobre el amor herido y el amor desvanecido, los que se van dando mientras se produce una batalla dialéctica, interna y externa provocada por la misma situación. Así, Pascal Rambert nos presenta un texto intenso y muy duro desde su inicio, en el que el tono se mantiene al máximo durante las dos horas que dura la función. Un ejercicio físico y verbal que no deja respirar a sus actores desde que salen a escena gritando hasta que se apagan las luces. De hecho, el espectador se ve inmerso en esta vorágine de sentimientos y vive la representación impregnado por la mezcla de dolor y rabia que se transmiten. En este sentido, se queda inmovilizado al escuchar aquellas palabras, como lo está durante una hora el segundo personaje de la función, sintiendo las diferentes emociones que aquel discurso sangriento le provoca.

El texto juega con dos vertientes vez, la teatral y la real, ofreciendo una doble lectura. De este modo, nos encontramos ante una pareja que está poniendo fin a su vida en común y que nos transmite a través de las palabras la dureza del momento y los diferentes sentimientos que afloran en una situación como esta. Por otra parte, se juega con los referentes teatrales, extrapolando lo que vemos a una clase de ejercicios actorales y situándonos en la ficción en un teatro con un escenario desnudo, como se hace referencia en algún momento. Además, los dos actores dan sus propios nombres a sus respectivos personajes, que también son intérpretes en la ficción, trabajando en dos turnos la parte dialéctica y la corporal de la interpretación, como si de un ejercicio se tratara. Así, los actores deberán recibir los golpes sin perder su postura corporal, sintiendo en su interior las fuertes emociones que le provoca el discurso del otro que la está atacando, pero impidiendo que estas emociones lo dominen como actor, aprendiendo no perder el control.

Sin duda, los dos actores hacen un trabajo titánico, escenificando la intensidad del discurso y manteniendo el tono extremadamente alto que requiere la obra. Se trata de un esfuerzo físico y emocional brutal, tanto en la parte que tienen que hablar como en la que sólo pueden escuchar, el que se ve recompensado en su escenificación y en cómo se llega al espectador. En este sentido, el trabajo del director es también positiva, ya que aparte de conseguir mantener el tono deseado durante dos horas, permitiendo un pequeño respiro emocional necesario a los asistentes, este hace un gran trabajo a la hora de presentar una puesta en escena que evidencia la parte teatral. Así, esta resulta del todo potente y de alguna manera hace que el discurso sentimental se viva con más dureza e impotencia al bloquear el diálogo y la respuesta de los actores.

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