Las gratitudes es una adaptación teatral muy fiel de la novela de Delphine de Vigan, que consigue trasladar al escenario esa misma atmósfera de dulzura, cuidado y sensibilidad que atraviesa el texto original. Los personajes están prácticamente calcados, reconocibles en cada gesto y en cada palabra, y eso facilita que la historia funcione y conecte con el público. Es una propuesta que se entiende que esté gustando: es accesible, emotiva y respetuosa con su material de partida.
Sin embargo, esa misma fidelidad juega también en su contra. La adaptación resulta excesivamente blandita y clásica, sin asumir riesgos formales ni aportar una mirada nueva que la justifique como experiencia teatral más allá de la mera traslación. Todo está bien hecho, pero sin tensión ni sorpresa. Quien espere una pieza más ambiciosa o con mayor personalidad, no la encontrará aquí.
Eso sí, hay un elemento que eleva claramente las funciones: el trabajo de los tres actores en escena. Su interpretación es precisa, contenida y profundamente humana, sosteniendo la emoción hasta el final. Gracias a Gloria Muñoz, Macarena Sanz y Rómulo Assereto, la obra respira y consigue momentos de auténtica conexión. En contraste, la música y los efectos sonoros resultan innecesariamente estruendosos, más propios de una sala de cine que de un espacio teatral, y terminan desentonando con la delicadeza de la propuesta.
