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Una novelita lumpen: Decadencia desatada

Una novelita lumpen
1/03/2020

Un flashback. Estamos en Roma, pero podríamos estar en Madrid o en cualquier otro lugar con drogas y casas grandes y pequeñas y negocios sin futuro o con poco futuro y también con criminales. Esto no reduce la muestra en absoluto, así que podríamos estar en cualquier ciudad del mundo. La protagonista de Una novelita lumpen, Bianca (Rebeca Matellán), tiene 18 años y acaba de perder a sus padres en un accidente en una «carretera cercana a Nápoles […] o en una horrible carretera del sur». Su coche era un Fiat amarillo de segunda mano, pero parecía que estaba nuevo. El caso es que tiene que cuidar a su hermano Tomás (Diego Garrido), que es un año menor que ella, y termina adentrándose en un universo sórdido y adulto que la lleva a descubrir las facetas más oscuras de la sexualidad y la delincuencia.

Ahora son huérfanos y tienen que tomar decisiones más serias sobre un futuro inexistente porque con la pensión no les da para tres comidas al día, aunque a Tomás no le parece tan mala idea lo de comer solo una y así no tener que trabajar porque él quiere ser el «Amo del Universo», pero Bianca insiste en que ella quiere tener una mini peluquería. Ambos sueñan con mejorar el mañana, pero qué sé yo, cada uno tiene sus metas. Cada uno es valiente como puede y ellos lo son así, descendiendo al infierno para explorar el poder del sexo y la mentira como vía de supervivencia. Así que, aunque la protagonista es Blanca, podríamos ser cualquiera de nosotros. La infelicidad y las recompensas falsas de la propia infelicidad. El pudor y la vergüenza se quedan a la puerta del Ambigú del Pavón Teatro Kamikaze para dar paso a una corriente de aire nihilista -que recuerda al cine de Paolo Sorrentino- con una fuga a lo convencional.

El azar y la capacidad de dejarse llevar. O cuando no te queda más remedio. Coreografías ácidas -firmadas por Julia Monje- e introspecciones lúcidas, potencia erótica y sexual sobre las tablas y hasta pornografía. La novelita lumpen de Rakel Camacho no es apta para todos los públicos por controvertida y transgresora. La obra es una adaptación de la última novela de Roberto Bolaño con clara vocación teatral y en forma de bala: lenguaje directo y desatado. Aquí no hay piedad ni culpa, solo una ventana sin moralizas a otra realidad aún más frágil, las estrategias de supervivencia. La necesidad de superación y un disfraz para dominar la tormenta a través de sueño y realidad en un espacio mental -que se hace pequeño dadas las dimensiones del escenario- diseñado por Mireia Vila.

La delicadeza brusca de la inteligencia emocional propia de una adolescente que no entiende de futuros, pero que traza un camino hacia la madurez. Un huésped, el boloñés (Trigo Gómez), amigo de Tomás -sabia decisión la de suprimir al libio-, un chulo de gimnasio que se presenta enérgico y arrollador, pero que se disuelve a lo largo del montaje hasta el extremo y termina resultando algo vacío. Un Garrido que, aunque con una voz prodigiosa, falto de carácter, y una entrega salvaje de Matellán, que interpreta a una Bianca hipnótica, arriesgada, casi pornográfica. Hoy es madre, pero antes fue puta. La prostitución es un personaje más y ella lo fue de Maciste (Jorge Kent), un excampeón ciego de culturismo que protagonizaba películas de serie B, aquí algo más suave que en la pieza original y que completa la erotización. Casi un salvador.

 

 

 

 

 

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