La muerte y la doncella, de Ariel Dorfman, con dirección de escena y adaptación de David Serrano. En el Teatro Fernán Gómez. Centro Cultural de la Villa.
Sinopsis
“Si estoy contando esta historia, si la puedo contar, es porque alguien, muchos años atrás en Santiago de Chile, murió en mi lugar”. Con esta contundente frase comienza Rumbo al sur, deseando el norte, la autobiografía de Ariel Dorfman, el autor de La muerte y la doncella. Dorfman, dramaturgo, novelista y ensayista, trabajaba como asesor cultural de Fernando Flores, secretario general del gobierno de Salvador Allende. La noche anterior al golpe de estado de Pinochet, le tocaba estar de guardia en el Palacio de la Moneda, pero cambió su turno con un amigo, que fue capturado al día siguiente, torturado, ejecutado y desaparecido. Además, en las horas que precedieron al golpe, Fernando Flores borró el nombre de Ariel de la lista de sus colaboradores. Años más tarde, los dos en el exilio, Dorfman se encontró con Flores y le preguntó el porqué de aquella desaparición de la lista, que seguramente le había salvado la vida. Flores le contestó: “Bueno, algunos tenían que vivir para contar esta historia”.
Y eso es lo que hizo Dorfman en gran parte de su carrera y de manera más brillante y reconocida en La muerte y la doncella, un texto que nace de una herida personal, pero que, como todas las grandes obras, y esta lo es, trasciende su origen para convertirse en algo absolutamente universal.
Como dijo Mike Nichols, director del primer montaje en Broadway de la función, “lo que aquí se cuenta no sólo tiene lugar en Chile. Sucede en casi todas partes del mundo. Está sucediendo ahora mismo”.
Estas palabras tienen hoy una vigencia que Nichols y Dorfman seguramente no podían imaginar. En un momento en el que ciertas voces han empezado a relativizar el horror, a poner en duda la memoria y el sufrimiento de las víctimas, a reescribir el pasado con una hipocresía que hiela la sangre, el teatro puede ayudarnos a no olvidar.
La muerte y la doncella es un texto político, pero en modo alguno panfletario, y ahí seguramente reside gran parte de su inmenso éxito. No nos ofrece respuestas cómodas. Nos deja, como a Paulina, su protagonista, frente a una terrible pregunta que se hace a sí misma al final de la función: “¿por qué tenemos que ser siempre los mismos los que perdonamos cuando hay que perdonar? ¿Por qué?”.
David Serrano
Dirección de escena y adaptación




