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¡Nápoles millonaria!

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¡Nápoles millonaria!

¡Nápoles millonaria! es una obra sobre la necesidad de recuperar los valores humanos. En ella se habla de hechos muy concretos: la Segunda Guerra Mundial, la ciudad de Nápoles y los Jovine, una familia de clase trabajadora; pero todo cuanto ocurre es atemporal y universal. Toda guerra es un período de sombra. Uno solo piensa en la supervivencia, en sí mismo y en sus propios objetivos.

Sinopsis

Nápoles, 1942, una ciudad como tantas otras en donde también se libra la guerra entre la dignidad y la miseria. ¿Quién en condiciones de supervivencia tan duras no se deja persuadir por la miseria material y moral? ¿Cómo se puede sostener y soportar una vida siempre amenazada por el fascismo, los bombardeos, el hambre, la pobreza, la enfermedad, la carestía de lo más primario? Y todo ello como en un momento de vitalidad desesperada y amor hacia la vida, dentro de la tragedia inherente a la existencia en tiempos de guerra, de posguerra, de epidemias. Una exaltación del juego, la poesía, el humor. La ética personal personificada en Genaro-Eduardo. Como todos los grandes cómicos han sabido, la escasez material es el guión de la verdadera comedia.

Vídeo

Valoración espectadores
  • Lorenzo_Tolva

    Ayer el Teatro Español lucía diferente. Un gran telón negro separaba los nervios y las tensiones propias de un estreno, de un público expectante y ávido por vivir una experiencia teatral única. Era la primera representación abierta al público general de «Nápoles Millonaria» de Eduardo De Filippo y la incertidumbre era palpable. Yo mismo confesaba mi nerviosismo a mi acompañante, todo pintaba que estábamos a punto de ver una de las grandes apuestas de la temporada teatral. El hecho de que aparecieran en el patio de butacas el mismísimo alcalde de la ciudad y la mismísima Andrea Levy, me hicieron constatar aquella afirmación. Sin embargo el telón se alzó y la fe puesta en la mirada de Antonio Simón sobre el texto de Filippo comenzó a sumirme angustioso en mi butaca. El primer golpe me lo llevé con la escenografía de pretenciosa modernidad y que cuyo barniz narrativo sustentando en el desafore no terminó de transportarme a aquella Nápoles del 42. Tampoco la iluminación ni las proyecciones sumaban para conseguir que el viaje fuera del todo satisfactorio. Sin embargo, lo que esconde esa insatisfacción no es otra cosa que un error en el tono. Lo que realmente sucedió es que yo anoche no entré en el magnífico relato de Filippo porque Filippo era italiano y porque Italia estuvo muy poco presente en la representación. A la propuesta le faltó italianidad. No vi Italia en la escena de la cena, una bandera no basta para transmitir lo que significa para un italiano sentarse a comer. Tampoco vi a Italia en las interpretaciones de las actrices y actores (a excepción de Roberto Enríquez, que podría decir su texto en italiano y pasar por Genovés, los Napoletanos son todavía más risueños) ni en la puesta en escena (otra vez aquí la modernidad buscando líneas invisibles que rompen los esquemas de la emoción más clasica). Y sobre todo no vi ni sentí Italia en su música, ese ritmo tenso que lejos de emocionar y marcar el escalofrío en mi piel me alejó por completo, incluso en el que para mi es uno de los hits del libreto del dramaturgo italiano (la vuelta de Genaro).
    En definitiva, esta es una de esas ocasiones en las que la visión teatral del autor empaña por completo las intenciones del dramaturgo y pone de manifiesto la falta de conexión con el público si el tono y el enfoque son erróneos, a pesar de que el contenido rebose excelencia. Por cierto, ¿qué se le pasó por la cabeza a Andrea Levy al ver la escena en la que Roberto Enríquez describe magistralmente al movimiento fascista? Yo creo que a ella le hizo gracia.

    25/02/2021
  • Lorenzo_Tolva

    Ayer el Teatro Español lucía diferente. Un gran telón negro separaba los nervios y las tensiones propias de un estreno, de un público expectante y ávido por vivir una experiencia teatral única. Era la primera representación abierta al público general de «Nápoles Millonaria» de Eduardo De Filippo y la incertidumbre era palpable. Yo mismo confesaba mi nerviosismo a mi acompañante, todo pintaba que estábamos a punto de ver una de las grandes apuestas de la temporada. El hecho de que aparecieran en el patio de butacas el mismísimo alcalde de la ciudad y la mismísima Andrea Levy, me hicieron constatar aquella afirmación. Sin embargo el telón se alzó y la fe puesta en la mirada de Antonio Simón sobre el texto de Filippo comenzó a sumirme angustioso en mi butaca. El primer golpe me lo llevé con la escenografía de pretenciosa modernidad y que cuyo barniz narrativo sustentado en el desafore no terminó de transportarme a aquella Nápoles del 42. Tampoco la iluminación ni las proyecciones sumaban para conseguir que el viaje fuera del todo satisfactorio. Sin embargo, lo que esconde esa insatisfacción no es otra cosa que un error en el tono. Lo que realmente sucedió es que yo anoche no entré en el magnífico relato de Filippo porque Filippo era italiano y porque Italia estuvo muy poco presente en la representación. A la propuesta le faltó italianidad. No vi Italia en la escena de la cena, una bandera no basta para transmitir lo que significa para un italiano sentarse a comer. Tampoco vi a Italia en las interpretaciones de las actrices y actores (a excepción de Roberto Enríquez, que podría decir su texto en italiano y pasar por Genovés, los Napoletanos son todavía más risueños) ni en la puesta en escena (otra vez aquí la modernidad buscando líneas invisibles que rompen los esquemas de la emoción más clasica). Y sobre todo no vi ni sentí Italia en su música, ese ritmo tenso que lejos de emocionar y marcar el escalofrío en mi piel me alejó por completo, incluso en el que para mi es uno de los hits del libreto del dramaturgo italiano (la vuelta de Genaro).
    En definitiva, esta es una de esas ocasiones en las que la visión teatral del director empaña por completo las intenciones del autor y pone de manifiesto la falta de conexión con el público si el tono y el enfoque son erróneos, a pesar de que el contenido rebose excelencia. Por cierto, ¿qué se le pasó por la cabeza a Andrea Levy al ver la escena en la que Roberto Enríquez describe magistralmente al movimiento fascista? Yo creo que a ella le hizo gracia.

    25/02/2021
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