Ayer asistí al estreno de La del Manojo de Rosas en el Teatro Amaya y, pese a tratarse de uno de los grandes clásicos de nuestro género lírico, nunca la había visto antes. Tal vez por eso la experiencia me resultó especialmente emocionante, descubriendo esta historia tan nuestra y hacerlo con una puesta en escena tan cuidada.
Uno de los momentos más valiosos de la noche fue compartirla con mi hija de 16 años. Le encantó la obra, se divirtió, se emocionó… pero ambas sentimos cierta pena al comprobar que apenas había jóvenes en la sala. Creo firmemente en la importancia de acercar este género a las nuevas generaciones. La zarzuela es parte de nuestra cultura, algo genuino que merece seguir transmitiéndose.
El vestuario fue otro de los grandes aciertos; fiel a la época, colorido sin excesos y perfectamente integrado en la estética castiza. Cada personaje parecía salir directamente de aquellas plazas madrileñas que retrata la historia.
La orquesta, situada muy cerca del público, sonó de maravilla, aunque en algunos momentos sobresalía ligeramente por encima de las voces, lo que hacía perder parte de la letra. No obstante, la experiencia global fue magnífica y la cercanía instrumental aportó una energía deliciosa a la función.
El elenco brilló con sus estupendas voces, acompañados por bailarines impecables. Todos los personajes son claves para dar vida a esta historia, pero no quiero dejar de mencionar al mesonero, un personaje que aportó una simpatía maravillosa con sus frases y dichos castizos o directamente inventados de manera disparatada. Gracias a interpretaciones tan vivas como la suya, la obra se siente cercana, fresca y tremendamente humana.
A lo largo de la función no pude evitar pensar en la belleza de este género: su música, su sentido del humor, su manera tan nuestra de contar historias de barrio con emoción, ironía y corazón. La zarzuela es un tesoro cultural que debemos cuidar y proteger.
La del Manojo de Rosas es una oportunidad estupenda para reencontrarse o descubrir por primera vez un clásico que sigue latiendo con frescura. Si te apetece una tarde de tradición castiza no puedes perdértela.
