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ABRIENDO BOCA

AHOA

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AHOA → Teatro Pradillo
28/11/2025 - Teatro Pradillo

Difícil, complicada. A mí me lo pareció. No estoy acostumbrado a este tipo de espectáculos alternativos en los que la expresividad corporal y las metáforas visuales marcan el devenir frente al típico desarrollo de «presentación, nudo y desenlace» del teatro, si no tradicional, sí habitual. Es por ello que me cuesta mucho definir esta obra, reconociendo mi falta de preparación y mi ignorancia. Y aun así salí de la sala con un buen sabor de boca, con la percepción de haber presenciado algo diferente y que me había aportado sensaciones hasta ahora para mí desconocidas. Impacto, tal vez esa sería la mejor forma de definirlo. No tengo muy claro de qué tipo, pero lo que es seguro es que captó mi atención durante la hora que duró la función. Y a fin de cuentas, eso es lo que importa.

Anna Mezz se desenvuelve con una naturalidad y energía que delatan una larga trayectoria y una vida teatral llena de experiencia. Cargar sobre sus espaldas, en un alarde de capacidad física y expresiva, la casi totalidad del espectáculo es mucho más que meritorio. Lo hace con sobrada solvencia, captando la atención durante cada segundo, derrochando fuerza e intensidad. Ahoa, boca en euskera. Y la utiliza para presentar multitud de formas de expresar actos y sentimientos con ella. Curiosamente, el que menos, el de la palabra. No estoy seguro, pero creo que esa es la intención. Mostrar el silencio, el obligado, el impuesto. Por el patriarcado y el machismo endémico que durante siglos ha tratado de silenciar a las mujeres. Y aunque no queramos verlo, sigue haciéndolo.

Con una escenografía sobria logra tener un impacto visual que en ocasiones es fascinante. Mucho movimiento, rápido, lento, ágil, torpe. Una experiencia que vale la pena vivir, eso sí, acudiendo con la mente abierta. Será la única manera de disfrutarla. Si no, mi recomendación es no ir a verla, sin ningún tipo de reproche, no es necesario disimular sobre los propios gustos ni ir de falso intelectual engañándose a uno mismo. Pero si sientes una sana curiosidad por experimentar cosas diferentes, sin tener miedo a no entenderlas, merece la pena. Yo, que no estoy seguro de haberla comprendido del todo, salí con la convicción de que no había perdido ni mucho menos una hora de mi vida. Al contrario, había ganado alguna.

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