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Un clásico que se convertirá en clásico

El jardín de los cerezos. Ignacio García May

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El jardín de los cerezos. Ignacio García May → Fernán Gómez Centro Cultural de la Villa
13/03/2026 - Fernán Gómez Centro Cultural de la Villa

Volver a Chéjov en Madrid es, a menudo, un ejercicio de riesgo. Existe el peligro de la reiteración. Nuestras carteleras han visto pasar tantos jardines, tantas hermanas y tantos tíos Vania que el espectador puede caer en la desidia de pensar: “Otra vez, más de los mismo».

Sin embargo, la propuesta que se puede ver estos días en el Teatro Fernán Gómez nos recuerda por qué esta obra se ha convertido en una de las más representadas de la historia del teatro. Este Jardín de los cerezos no es una revisión: es una lección de teatro.

Desde el momento en que se alza el telón, el espectáculo se convierte en una delicia visual. Nos hallamos ante una suntuosa puesta en escena que combina elementos minimalistas (escenografía) con maravillosos excesos (vestuario) y que convierten la obra en un regalo para los ojos que nos transporta de inmediato a esa Rusia que se desmorona.

Este despliegue estético se ve elevado por una iluminación sensacional que genera atmósferas embriagadoras que acompañan perfectamente los momentos emocionales de la obra, desde la euforia de la llegada hasta la penumbra crepuscular del adiós final.

Por supuesto, el principal reconocimiento va para el director, Juan Carlos Pérez de la Fuente, quien acomete una lectura directa y profunda del texto, ofreciendo, como hizo Chéjov en la escritura, una exploración profunda de nuestra naturaleza humana más oculta e irracional. Los personajes se han construidos con sutileza y extremo, revelando con claridad e intensidad las miserias y anhelos que Chéjov escribió tan inteligentemente entre líneas. Y los actores ejecutan a la perfección.

Si bien la trama principal se articula con una claridad y una emoción que atrapan, el gran triunfo del montaje reside en lo que suele ser el talón de Aquiles del maestro ruso: las tramas secundarias. Allí donde otras versiones se hunden con escenas irrelevantes y letárgicas, aquí encontramos gracia, ingenio y originalidad. Cada personaje periférico aporta una pincelada vital al conjunto, convirtiendo sus intervenciones en momentos de gran calado intelectual y humano sin perder un ritmo que no es precisamente rápido pero que jamás se hace lento. El conjunto es una maquinaria de precisión donde no sobra palabra ni gesto.

Estamos ante una de las mejores adaptaciones del clásico que este humilde espectador ha tenido la suerte de presenciar. Si hay que poner pega, tal vez un pequeño recorte, especialmente del acto final evitaría que durante los últimos minutos de las más de dos horas de espectáculo, los espectadores más impacientes miren el reloj (o el móvil) en algún momento.

De cualquier modo, un deleite sensorial e intelectual que nadie debería perderse.

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