Pocas piezas condensan con tanta precisión la esencia del hecho teatral como Tras el ensayo, escrita por Ingmar Bergman en 1984. Concebida originalmente para la gran pantalla, la obra funciona como un ejercicio de metateatro donde Bergman desnuda sus propias obsesiones: el poder del director, la fragilidad del actor, la confusión —que a menudo pueden sufrir algunos profesionales del sector— entre vida y representación, y ese territorio ambiguo donde los afectos personales se contaminan con las dinámicas del escenario. Es fascinante que alguien como Bergman decidiera proyectar en el protagonista —un director ensimismado, brillante y profundamente humano— muchos de sus fantasmas creativos y sentimentales, en una suerte de autoficción precursora de un estilo muy extendido en el teatro contemporáneo. La […]
Marc Ribera
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