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Tras el ensayo

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Tras el ensayo → Teatro Español
02/05/2026 - Teatro Español

Pocas piezas condensan con tanta precisión la esencia del hecho teatral como Tras el ensayo, escrita por Ingmar Bergman en 1984. Concebida originalmente para la gran pantalla, la obra funciona como un ejercicio de metateatro donde Bergman desnuda sus propias obsesiones: el poder del director, la fragilidad del actor, la confusión —que a menudo pueden sufrir algunos profesionales del sector— entre vida y representación, y ese territorio ambiguo donde los afectos personales se contaminan con las dinámicas del escenario. Es fascinante que alguien como Bergman decidiera proyectar en el protagonista —un director ensimismado, brillante y profundamente humano— muchos de sus fantasmas creativos y sentimentales, en una suerte de autoficción precursora de un estilo muy extendido en el teatro contemporáneo.

La versión de Ernesto Caballero no solo comprende estas intenciones, sino que las asume con ambición y precisión. Su puesta en escena transita con delicadeza, sin subrayados innecesarios, confiando en la potencia del texto y en la capacidad de los intérpretes para sostener ese delicado equilibrio. Caballero construye un espacio donde lo teatral se pliega sobre sí mismo, donde los ensayos, los recuerdos y las proyecciones emocionales conviven en un mismo plano.

En el centro de este dispositivo aparece un hipnótico Emilio Tomé, que compone un protagonista de naturalismo abrumador. Su trabajo es magnético. Tomé no solo encarna al director; lo habita con una densidad que trasciende la interpretación. Rompe la cuarta pared con una naturalidad insolente, apropiándose del espacio y del tiempo escénico, secuestrando la atención del público de principio a fin.

A su alrededor orbitan dos figuras femeninas —Lucía Quintana y Elisa Hipólito, madre e hija en la ficción— que funcionan como espejos y contrapuntos. Encarnadas con inteligencia y ambigüedad, representan a la vez el deseo, la provocación y la vulnerabilidad del oficio actoral. Son actrices y amantes, cuerpos atravesados por una relación de poder compleja, donde el escenario se convierte en un territorio de seducción, dependencia y negociación constante. En ellas se despliega una reflexión incisiva sobre el papel de la actriz dentro de un ecosistema donde el poder —artístico, emocional, simbólico— no siempre se reparte de forma equitativa.

El conjunto resulta de una elegancia poco frecuente. La función avanza sin estridencias, apoyada en la palabra, en la escucha y en una dirección de actores que prioriza la verdad por encima de cualquier artificio. Y es precisamente ahí donde la propuesta alcanza su mayor altura: en su capacidad para hablar, con una aparente sencillez, de cuestiones profundamente complejas.

Tras el ensayo no es un ensayo sobre el mundo escénico. Es una pieza sobre las relaciones humanas: entre hombres y mujeres, entre quien ostenta el poder y quien lo desea, entre el carisma y su inevitable desgaste. Bergman —y Caballero con él— nos recuerdan que el tiempo es el verdadero protagonista silencioso. Un tiempo que erosiona el talento, la belleza, la autoridad y que obliga al artista —y a la persona— a enfrentarse a su propia decadencia.

El resultado es un espectáculo sólido, inteligente y conmovedor. Un ejercicio de teatro adulto, sin concesiones, que pisa el escenario con firmeza y que demuestra que, cuando texto, dirección e interpretación convergen, el teatro puede alcanzar una capacidad informativa y emocional difíciles de igualar.

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