El emperador que nos mira a los ojos y nos sobrecoge

Lluís Homar: Memorias de Adriano

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Lluís Homar: Memorias de Adriano → Teatro La Latina
19/05/2026 - Teatro La Latina

Hablar de Memorias de Adriano es hablar de una de las obras más interesantes de la ficción biográfica del siglo pasado. Llevarla al teatro es, sin duda, un regalo. Y más aún si la adaptación nace de la misma mano que esculpió la novela: Marguerite Yourcenar.

La autora realiza un fabuloso ejercicio de destilación dramática, convirtiendo la densidad filosófica y la belleza melancólica de la novela en un brillante monólogo lleno de imágenes y reflexiones que roza la sublimidad.

El montaje llega precedido de una trayectoria impecable. Estrenado originalmente en el Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida (verano del 24), aterriza en Barcelona tras una brevísima temporada en el Teatro Marquina de Madrid.

Mantener la atención y el interés del espectador durante una hora y cuarenta y cinco minutos con un monólogo es una empresa casi suicida. Sin embargo, el trabajo de dirección de Beatriz Jaén es admirable. Un coro de cinco intérpretes rodea a Adriano durante buena parte del espectáculo, aportando una dimensión conceptual y estética que nos muestra al emperador no solo como el viejo gobernante que espera la muerte, sino como un héroe de masas, una estrella mediática de la antigüedad.

Destaca, en el séquito, el trabajo del casi debutante Alvar Nahuel, quien encarna al efebo enamorado de Adriano con una plasticidad de movimiento y una presencia sorprendentes para su edad, añadiendo un contrapunto físico muy acertado a la palabra de Homar.

Porque en el centro de todo está él: el gran Lluís Homar (artísticamente hablando; dejaremos voluntariamente las cuestiones políticas fuera de esta reseña). El maestro nos regala otra lección, elevando la dicción, la articulación y la declamación a un nivel difícil de encontrar hoy en día sobre los escenarios (especialmente en personajes interpretados por actores jóvenes). Su autoridad escénica no necesita gritos ni artificios; la profundidad interpretativa emana de una voz que acaricia cada sílaba con la elegancia y la sibilina sutileza de una madurez trabajada y privilegiada.

Toda esta acumulación de aciertos se ve subrayada por un diseño de luz, sonido y proyecciones que huye del ornamento exhibicionista. Cada departamento y cada detalle del espectáculo suman de forma magistral para crear diálogos disonantes y reveladores entre texto, imagen y sonido, sumergiéndonos en el viaje sensorial que nos narra el emperador.

El espectáculo es de diez, aunque nos deja —me deja— una pequeña espina clavada: ¿por qué en castellano, Homar? El montaje viene de Madrid, de acuerdo, pero la capacidad y el rigor de un actor de tu talla te permitirían transitar de una lengua a otra sin un esfuerzo excesivo, ¿no es así? Personalmente, eché de menos la embriaguez de tu voz en nuestra lengua materna, especialmente en el momento en que tuvimos la paradójica desdicha de comprobar su fuerza en el breve —y necesario— paréntesis en el que, con autoridad y delicadeza, te dirigiste en catalán a una persona del público para pedirle que apagara el móvil. En aquel instante, la distancia entre el emperador y el hombre se desvaneció, y recordamos cómo suena la verdad de tu voz cuando nos hablas desde casa.

Una lección de teatro con mayúsculas. Una de esas obras que hay que ver para recordar por qué el teatro es, antes que nada, el arte de la palabra que brota del alma.

Espectáculo visto en el Teatro Romea de Barcelona.

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