Sentí envidia. Envidia del resto de espectadores que a mi alrededor disfrutaban entusiasmados, apasionados e incluso conmovidos por el coro de más de ochenta voces que a ritmo de góspel inundaba la platea con aleluyas, happy days y I believes. Las palmas acompasadas del público, por momentos muy cercano al éxtasis religioso, acompañaban al unísono las melodías de aroma sureño afroamericano, siguiendo las órdenes de Ramón Escalé, un director de coro demasiado dialogante para mi gusto, o de Didier Likeng, solista de voz profunda y rasgada que se hizo con el mando del concierto en la mayoría de las canciones. Pero por desgracia no fui capaz de sentir lo mismo, de imbuirme en el espíritu fervoroso que inundó el teatro, ni de contagiarme, salvo en contados momentos, de esa magia que siempre tiene la música en directo.
Tal vez es porque por momentos me pareció que lo que estaba presenciando se parecía más a una función de fin de curso de una escuela de canto que al espectáculo de un coro profesional. Demasiada gente encima del escenario, como si no se pudiera dejar fuera a nadie, cuando los coros de góspel suelen ser como mucho de treinta cantantes. El público grabando con sus móviles como en la ceremonia de entrega de premios del instituto, gritos de ¡guapo! como si mi abuela fuera a verme hacer de pastorcito en el cole, y algunos fallos de luces y con los micrófonos que daban la sensación de que todo estaba poco ensayado. O quizá es porque el repertorio no me gustó demasiado, o porque tenía la imagen de Whoopi Goldberg en Sister Act o de James Brown en Granujas a todo ritmo en la cabeza y las expectativas eran demasiado altas. El caso es que la «palabra de Dios», de ahí lo de «godspell» en inglés, no me llegó con fuerza, aunque mi ateísmo confeso puede que no ayudara tampoco mucho.
Son motivos más que sobrados para reconocer que mi palabra en este caso igual no cuenta demasiado, los condicionantes personales importan. En cualquier caso he de decir que el concierto tuvo sus cosas buenas. Impresionante Didier Likeng, pedazo de voz, y que forma de interactuar con el público y con sus acompañantes, tanto músicos como cantantes. A pesar de esa imagen un poco hortera a lo Tom Jones en Las Vegas que le daba su impoluto traje blanco. Y escuchar ochenta voces perfectamente sincronizadas y afinadas sonar en un teatro como el Nuevo Alcalá impresiona, sobre todo con el apoteósico final con el que seguramente es el himno más conocido de la música góspel, Oh Happy day, ahí ya sí todo el mundo en pie acompañando el estribillo, por momentos parecía que la platea se iba a venir abajo. Y tanta gente no puede estar equivocada. Igual, por una vez, soy yo el que lo está, por mucho que me fastidie reconocerlo.
