Entre el público, mayoritariamente en pie mientras la sala rugía bajo el crepitar de los aplausos, pude ver a mucha gente por cuyos rostros resbalaban lágrimas que delataban que la obra y las interpretaciones les habían emocionado. Lo entiendo, yo no llegué a tanto, aunque he de reconocer que si alguien se hubiera fijado habría visto que mis ojos estaban vidriosos. Y no de tristeza. Creo que el gran éxito de la representación, y por ende del autor, es tratar unos temas que en realidad son duros e incluso amargos con una ternura y una delicadeza que por momentos resulta incluso divertida. Se escucharon risas, que al principio yo no entendía, hasta me parecieron de mal gusto, no estaba comprendiendo […]
Antonio Lera Rodríguez-Morón
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