Lester Burnham era feliz sirviendo hamburguesas. Y fumando maría. Más de lo que nunca lo fue con su trabajo bien pagado de lunes a viernes, enfundado en traje y corbata, clase media alta de aquella American beauty que quisieron vendernos como la panacea de la felicidad y del éxito. Sueldo decente, dos coches, casa en urbanización con piscina y vacaciones en algún lugar del que queden bien las fotos. Y está bien, a mucha gente le vale. A fin de cuentas los sueños son sólo sueños. Y todo puede ir de puta madre si no le das muchas vueltas y si no te echan del curro, o si no te quedas atrapado en la oficina con tres compañeros a los […]