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Lo que queda después de las guerras

Las Troyanas - La Inquieta

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Las Troyanas – La Inquieta → Espacio Zafra Teatro
09/03/2026 - Espacio Zafra Teatro

Una guerra no termina con la última batalla. No se acaba con la rendición de los vencidos, ni con el triunfo de los ganadores. Después de la contienda viene la venganza, la crueldad innecesaria, la codicia. Eurípides lo sabía, seguramente lo vivió o lo vio en muchas ocasiones. Más de dos mil años después nada ha cambiado. Misiles en lugar de flechas, drones en vez de lanzas, cañones a cambio de espadas. Y hombres jugando a ser soldados, poderosos inventando excusas, el honor, la patria, la justicia… Siempre es el dinero, el poder y el dinero. Ya se lo dijo Helena a Menelao y a Hécuba, qué fácil era culparla a ella, cuando Troya ya tenía su destino marcado por la avaricia de los griegos, y no por unos cuernos mal llevados.

Mujeres esclavizadas por hombres, mujeres culpadas de todos los males. Y Eurípides dándoles voz para lamentarse, para llorar sus desgracias, y para defenderse. Una obra que por desgracia tiene demasiada vigencia hoy en día. Y que debería ser de obligatoria lectura. O mejor aún, preceptivo no perderse la adaptación de La inquieta que por fortuna he podido disfrutar en el Espacio Zafra Teatro. Podría encadenar una larga lista de adjetivos elogiosos, adular a los creadores e interpretes con lisonjas y loas. Pero ya lo hizo todo el público que presenció la representación, regalando aplausos, emoción y hasta lágrimas en algunos casos. Tres veces tuvieron que salir las actrices a saludar, y me parecieron pocas.

Escenografía sin alardes, tampoco era necesario. La fuerza está en el texto, y estuvo en las actuaciones. Brutal es la palabra. Tan dura como necesaria. Un escenario a ras de suelo, con el público observando desde arriba, un giro al concepto clásico que cada vez está más de moda y que aporta una nueva perspectiva. Lleno total en una sala cómoda, funcional, con esa belleza que da la modernidad que no busca el alarde. ¿Qué podía salir mal? Nada, fue todo perfecto. Sólo me queda dar las gracias, porque en un pequeño teatro alejado de los éxitos de Broadway y de la Gran Vía, un sábado que podía haberme conformado pasar viendo al Atleti, se hizo esa clase de magia que te llevas en el corazón a casa, y que por mucho tiempo que pase, de vez en cuando, saltará una chispa que haga que la recuerdes.

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