Todos los ingredientes para que el éxito esté asegurado confluyen en esta comedia negra en la que, sin llegar a ser de enredo, se enmarañan muchas cosas: dos actrices de reconocido prestigio, un texto cargado de chistes fácilmente comprensibles, una historia que da pie a situaciones divertidas, y una puesta en escena ágil que no deja espacio para el aburrimiento. Tanto es así que la respuesta del público al finalizar la representación, eso sí, en un día de estreno, con la platea llena de amigos y compañeros de profesión, fue exultante sin que me diera la sensación de que estuviera motivada por el postureo, y estuvo cargada del cariño que entre los asistentes se respiraba hacia Marta Valverde y Ana Belén Beas. Un cariño, se palpaba en el ambiente, sin duda alguna merecido.
Pero he de decir que a mí no acabó de engancharme la obra, probablemente porque esperaba otra cosa. Creo que se ha perdido la oportunidad de sacarle más partido a una historia tristemente cargada de posibilidades de ser factible, la precariedad laboral y las necesidades a veces son el preludio de la ruindad y el egoísmo. Y si bien esa realidad aparece reflejada claramente, sólo hay que esperar al desenlace para darse cuenta, el mensaje social se manifiesta demasiado sutilmente enterrado bajo la apabullante preponderancia de la comedia, que se convierte en el fin en lugar de en el medio. Apreciación personal en cualquier caso, que ni por asomo va a ser obstáculo para que el triunfo de este espectáculo está asegurado.
Para el recuerdo la escena al estilo Este muerto está muy vivo que me sumió en un instante de nostalgia ochentera. Y la improvisación del ojo perdido, que tengo la sensación de que no estaba en el guion y fue la clara muestra de que estamos ante dos actrices con muchas tablas y recursos suficientes para llevar esta obra mucho más lejos de lo que llegaría sin ellas. Les desearía suerte, pero no les hace falta.
