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Jane Eyre: Jean Eyre soy yo

Jane Eyre
8/10/2018

Desde la atalaya en la que estaba, colgado sobre ellas, veía perfectamente a las dos intérpretes de la banda sonora de Jean Eyre. Una música sinuosa que parecía emanar de la propia acción dramática. Pero desmenuzar el teatro en sus componentes solo lleva a la conclusión, como concluyen médicos y forenses cuando buscan el alma desmembrando el cuerpo, de que el secreto no se encuentra en ninguna de las partes. Incrédulo como soy, pensaba a priori que la historia de la tozuda huérfana rechazada por todos no iba a dar mucho de sí, y que Ariadna Gil en el cartel era más bien cuestión de taquilla. El primer encuentro entre Jean Eyre y Rochester me hizo temer lo peor: réplicas y contrarréplicas aceleradas y sin escucha. Fueron solo unos minutos. Ariadna Gil, trémula y desvalida, se ganó la credibilidad al poco. Días antes había visto unas Luces de bohemia que a pesar de la metralla de crítica social y cultural consustanciales a la obra y de los esfuerzos de Codina, me dejaron indiferente. Demasiado casticismo e indignación impostada. No pude, en cambio, dejar de sentirme Jean Eyre. Ni claudica ni se somete. Que el aliento que la anima sea el anhelo de amor de pareja absoluto, tan cuestionado y cuestionable hoy, no impide que se vea en ella a la mujer que se reivindica como persona, y por extensión, a todos los que se rebelan, sufren marginación o explotación. Pero el teatro es por fortuna algo más que una tesis y necesita algo más que un argumento. Y ahí es donde la verdad que emana del cuerpo de negro y frágil de Ariadna Gil, de su voz tan temblorosa como firmes sus argumentos, me convence. Me hubiera gustado que enfrente hubiese tenido a un Rochester con más cuajo. No es que esté mal quien lo encarna, pero es un Rochester sin ese punto transgresor que puede provocar el arrebato o la pasión. El escenario es de un blanco crudo impoluto, bello en esa desnudez y muy eficaz en cuanto a entradas y salidas y cambios de escena. Me sobran muchas de las proyecciones, no obstante. Cada vez soy menos partidario de los ingenios técnicos en escena. En resumen, salí con la sensación de haber participado en uno de esos instantes inefables que se dan en el teatro.

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