Día de estreno en el Teatre Romea de Barcelona, lunes lleno hasta los topes, expectante por ver la obra de Claudio Tolcachir traducida al catalán.
La revisión de esta obra que ha sido todo un éxito en el mundo parece necesaria. Posiblemente la traducción de la misma le quita un poco la parte emocionante del teatro argentino, la fuerza de sus actores y de su impronta. Pero aun así, sus elementos tienen un engranaje perfecto y hacen que todo funcione correctamente.
La obra es un remolino de emociones que nos engulle desde el inicio de la obra. Peleas, disputas con momentos familiares que nos mantienen alerta en todo momento. Una obra coral donde vemos la naturalidad (posiblemente en catalán pierde la parte más punzante que se podría ver en la versión argentina) que nos atrapa desde el inicio.
Como en las diferentes obras argentinas que he podido ver (no he tenido la suerte de ver tantas como querría), los diálogos tropiezan para atrapar al espectador y podemos pasar de la sonrisa, a la emoción, a la sensación que Claudio parece querer trasladarte en ese momento sin ningún tipo de problema.
