La ternura: Mucho más que Ternura

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La ternura → Teatro Infanta Isabel
20/05/2022

¿Quién no ha intentado alguna vez proteger a un ser amado? ¿Quién no ha tomado decisiones por alguien sin preguntar antes? ¿Quién no ha intentado hacer lo mejor para alguien y, en el intento, se ha entrometido y ha metido la pata hasta el fondo? En La Ternura se nos presenta una misma situación desde dos puntos de vista (más parecidos de lo que nos podríamos imaginar de entrada): una madre y sus dos hijas y un padre y sus dos hijos. La madre quiere apartar a sus hijas de la sociedad, más concretamente alejarlas de los hombres, esos brutos y cavernícolas energúmenos, llevándolas a una isla desierta de la que solo ella conoce su existencia. El padre quiso apartar a sus hijos de las mujeres, esas pérfidas y demoníacas criaturas, llevándolos tiempo atrás a una isla desierta que solo él conocía. ¡Vaya, casualidad, la isla es la misma! Así nos presenta Sanzol esta entramada historia llena de equívocos y carcajadas.

Durante las casi dos horas que dura la obra no hay momento para el aburrimiento ni tampoco para el descanso del espectador: solo para nuestro disfrute. Se podría decir que somos unos voyeurs en pleno experimento de Marivaux, con su obra de “La Disputa”. Veremos qué bando es el vencedor, o si hay bando vencedor.

Según avanza la obra vemos cómo se atan cabos y se forman parejas, y la velocidad propia de la comedia nos inunda. La rapidez de los actores, el poder hipnótico que ejercen sobre nosotros, todo el humor que desprenden y el ritmo frenético que alcanzan. El equipo de actores y actrices me pareció increíble. Todos tuvieron su momento de gloria. No podré olvidar el “Mi plan ha fracasado” o la discusión entre Esmeralda y Marrón.

Creo que, lejos de querer hacernos escoger un “equipo”, somos llevados a enfrentarnos a nuestra propia estupidez, a la idiotez de tener la necesidad de pertenecer a algo y de no pertenecer a nosotros mismos. Esa alienación infundada por la sociedad, por la educación, por la familia. Siempre creemos que nuestros padres o familiares son los encargados de educarnos, pero olvidamos que cada una de nosotras también tiene la responsabilidad de educar a sus propios padres.

Cuando somos pequeños vemos a nuestros padres y a nuestras madres como esos héroes y heroínas que todo lo pueden. Los admiramos, las idolatramos, amamos todo lo que hacen. Incluso cuando no sabemos lo que hacen. Creemos todo lo que dicen a pies juntillas, su palabra es sagrada y les hacemos caso en todo lo que nos digan. Sin embargo, cuando crecemos hay cosas que no encajan, hay partes que nos hemos perdido y que no nos dejan entender los motivos de ciertas decisiones. Todo lo hacen por nuestro bien, pero no tardamos en darnos cuenta de que nosotros también somos personas con criterio, somos individuos que quieren escoger lo que creen que es mejor para ellos y para ellas.

Y, en resumen, una cosa que se haría muy bien para escoger con criterio propio es ir al teatro a ver La Ternura. Risas y lágrimas aseguradas.

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