Las brujas de Salem
12/02/2017
Un Miller demasiado complejo

La construcción que se va levantando en medio del escenario durante las dos horas y media de función es uno de los grandes aciertos del montaje. Este espacio -que será casa, iglesia, juzgado, prisión y patíbulo- simboliza la represión y el fundamentalismo, pero también la sociedad cerrada que prefiere vivir de mentiras antes que reconocer los errores y afrontar una verdad que quizás no es la deseada. Es muy sabido que Arthur Miller escribió sobre estos hechos ocurridos en el pueblo de Salem como respuesta a la famosa Caza de Brujas del senador McCarthy. Habían pasado dos siglos y medio entre un hecho y el otro, pero la reacción de la gente ante las presiones o las situaciones complicadas acaba siendo igual de decepcionante. En realidad, viendo la versión actual de Eduardo Mendoza y Andrés Lima nos damos cuenta de que el público sigue desaprobando una serie de acciones que considera intolerables, pero que desgraciadamente continúan sucediendo en muchos lugares del mundo… y también cerca de nosotros.

Por todo lo que hemos explicado, Las brujas de Salem es definitivamente un obra con mucha fuerza y cierta dificultad técnica, puesto que al ser una pieza tan coral requiere una buena sintonía entre todos los intérpretes, especialmente en las enloquecidas escenas del juicio. En esta versión ninguna de las dos cosas se acaba de cumplir del todo. El espectáculo demuestra su fuerza sólo a ratos y el conjunto de los intérpretes no está tan cohesionado cómo sería deseable. Las intervenciones de los actores, fuera de su personaje, tienen cierta gracia al principio pero acaban perdiendo sentido en la última parte. Es cierto que Lluís Homar, tal como se ha dicho en muchos lugares, es de los pocos que parece entender bien el tono de la obra de Miller, a pesar de que se agradecen las intervenciones de excelentes secundarios (Carles Martínez, Albert Prat, Carme Sansa y otros) y el esfuerzo dramático de Nora Navas, Nausicaa Bonnín y Borja Espinosa.

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Las brujas de Salem

Las brujas de Salem

Un grupo de niñas, de adolescentes, bailan y cantan. Pubertad, juventud, deseo, primer amor, primera sangre, ríen… son vida.
Un grupo de adultos gritan, amenazan, pelean, rezan, golpean, condenan… son muerte.
Un grupo de niñas amenazan, acusan, vuelan y enferman… son palabra de Dios.
Un grupo de adultos confiesan, delatan, sufren, mueren… son palabra del Demonio.
Es increíble lo que es capaz de hacer un grupo de gente, la fuerza del ser humano.
Es increíble el terror que es capaz de inspirar un grupo de gente, la locura del ser humano.
Salem está construida sobre la estructura de una Iglesia-Estado, y toda la vida de los puritanos gira en torno a la religión, a la obediencia, y al temor de Dios. Temor… ya salió la palabra. El miedo. Ese viejo aliado de cualquier forma de poder… y tan presente en nuestra cultura desde el Antiguo Testamento. Las brujas…, a mi modo de entender, va mucho más allá de la brujería, Dios o el demonio. El conflicto de la obra se plantea en un contexto religioso, pero es completamente político. En una sociedad de orden, éste sólo se conserva mediante la represión, el terror.
Demasiado actual para pasarlo por alto.

Andrés Lima

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