En Más Perdidos de Carracuca la Sala Tarambana vuelve a demostrar la fuerza del teatro de proximidad: ese que se vive tan cerca que casi puedes respirar al ritmo de los personajes. La obra retrata la vida de dos amigos con techo y con trabajo y, que sin embargo, tienen poco con lo que vivir e ilusionarse. Agarrados a una botella para aliviar el hambre, la sed y el frío, Manolo y Rafael sobreviven como pueden en los márgenes de la sociedad, atrapados en un espacio donde la línea entre el cariño y el resentimiento es tan fina como inevitable.
Tener unos zapatos bonitos, acudir a una entrevista, tener buena presencia, acceder a un trabajo con un sueldo digno, sacar partido a leer y escribir… lo que puede estar al alcance de cualquier espectador de Más Perdidos de Carracuca, para Manolo y Rafael es un muro infranqueable, una especie de trampa que les mantiene en el agujero. Aun así, a lo largo de la obra, late el presentimiento de Rafael, también llamado esperanza. Él sabe leer y escribir (a duras penas) y Manuel tiene unos zapatos nuevos (de dudosa procedencia) que son, por momentos, la luz al final del túnel. Pero la miseria se antoja un túnel demasiado largo. Salir de ahí es casi un espejismo.
El texto de Más perdidos que Carracuca tiene más de 20 años y es posible que, si existieran de verdad Manuel y Rafael, hoy siguiesen en el agujero. En el agujero de la precariedad, la vulnerabilidad y la exclusión social. Y es que Rafael tiene razón, hace falta mucho más que leer y escribir para salir del agujero.
El dúo formado por Jorge Muñoz (Rafael) y David Fernández “Fabu” (Manuel) es excepcional: precisos, emotivos y capaces de sostener una historia dura sin perder humanidad y dignidad. Emoción en estado puro ese monólogo final de Rafael, que con extrema lucidez, nos deja uno de esos momentos que se quedan grabados y que renueva ese pacto íntimo entre espectador y escenario. Una propuesta realista, cercana y profundamente humana.
