El escritor y artista belga Paul Verrept pertenece a esa generación de creadores europeos que transitan con naturalidad entre distintas disciplinas: literatura, ilustración y dramaturgia. Nacido en Amberes en 1963, Verrept ha construido una obra marcada por una sensibilidad visual muy particular y por una inclinación hacia los territorios simbólicos y poéticos. Aunque su reconocimiento internacional se ha desarrollado sobre todo en el ámbito de la literatura y el libro ilustrado, su dramaturgia comparte ese mismo impulso: un teatro de imágenes, de atmósferas y metáforas antes que de conflictos narrativos convencionales.
En los últimos años, algunos de sus textos han comenzado a circular por los escenarios españoles, siempre en contextos de programación contemporánea que buscan abrir el repertorio a voces europeas poco transitadas. Rompientes se inscribe en esa línea: una pieza que se aproxima a uno de los grandes temas de nuestro tiempo —las migraciones y los cuerpos que el mar devuelve a nuestras costas— desde una perspectiva deliberadamente poética.
La dirección corre a cargo de Jose María Esbec, que aborda el texto con un respeto evidente por su dimensión lírica. No consta una colaboración previa entre director y autor, pero el montaje revela una clara afinidad estética: ambos parecen compartir la voluntad de explorar un teatro que se construye desde el símbolo y la atmósfera más que desde la narración clásica.
La obra está estructurada como dos monólogos: el de un hombre y el de una mujer anónimos. A través de sus palabras se entremezclan dos historias. Por un lado, la tragedia contemporánea de los refugiados que arriesgan su vida cruzando el mar. Por otro, la historia íntima de una pareja que intenta construir la suya en medio de una suerte de fría distopía en la que los cuerpos de quienes huyen de un lugar indeterminado e indeseable terminan varados en la playa.
La ambición de la pieza es evidente. Rompientes aspira a situarse en una órbita poética casi alegórica. La puesta en escena acompaña ese gesto: un espacio sencillo en cuanto a elementos materiales, pero complejo en su desarrollo escénico. Todo está pensado para maximizar, a veces de modo innecesario, la teatralidad de la propuesta e implicar los distintos lenguajes disponibles: el cuerpo, la voz, la luz, la música, el paisaje sonoro.
Durante los primeros minutos el resultado resulta emocionante. Hay algo estimulante en la frialdad escénica que transmite el azul casi omnipresente en la sala, en la intensidad interpretativa de ambos actores, y en la sensación de que el espectáculo se dirige hacia un horizonte ambicioso, de gran densidad simbólica. Pero ese impulso inicial pronto comienza a diluirse.
Poco a poco, la obra cae en un progresivo languidecimiento que desemboca en un profundo aburrimiento. El motivo principal es que el conflicto acaba hundiéndose en la propia poética del texto. Los personajes se construyen casi exclusivamente desde la lírica, a través de metáforas constantes que terminan por saturar el discurso. Y sin un conflicto reconocible, sin una historia clara que avance, el espectador queda a la deriva en un mar abstracto donde resulta difícil encontrar un punto de anclaje emocional.
Las dos tramas que la obra propone —la de los refugiados y la de la pareja— aparecen en forma de fragmentos, impresiones o intuiciones, pero nunca llegan a relacionarse con claridad. El espectador intuye que debe existir un vínculo profundo entre ambas, pero ese vínculo nunca termina de revelarse de manera tangible. Como consecuencia, el relato se dispersa en una sucesión de imágenes y reflexiones que, aunque bellas en su mayoría, no consiguen sostener una dramaturgia sólida.
El público responde con un aplauso educado y más bien tímido. Un gesto correcto ante un espectáculo que apunta muy alto, pero que en su travesía parece olvidar lo esencial: que incluso en el mar más metafórico, el teatro necesita un rumbo claro para no naufragar.
