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Todas las noches de un día: ¿Cuánta poesía soporta un escenario?

Todas las noches de un día
7/12/2018

Todas las noches de un día es un texto firmado por Alberto Conejero que se alzó como ganador del III Certamen Jesús Campos organizado por la AAT en 2015. En noviembre de ese mismo año llegó a mis manos y recuerdo haberlo devorado tan rápido que tuve que hacer otra lectura para poder digerir toda la vida que había en el proceso de escritura. Quedé tan cautivada por la trama, que verlo montado, me producía muchísima inquietud por la dificultad que conllevaba trasladar el hermetismo del texto, su cadencia y sobre todo el contenido poético del mismo. El encargado de esta ardua tarea es Luis Luque, quien, de manera muy natural, convierte la función en un gozo para los sentidos.
Parafraseando al dramaturgo, «Todas las noches de un día es una historia de amor sobre la incapacidad de amar”. La acción transcurre en el presente en un invernadero en el que Samuel (Carmelo Gómez) es interrogado por la policía tras la desaparición de Silvia (Ana Torrent). Un día es lo que dura su declaración y en esa línea del presente recuerda todas las noches que pasó con ella. Resulta muy curioso cómo el personaje más real que es la figura del policía, es la que no se ve, y el de Silvia, más irreal, sí. Desde mi punto de vista me parece excelente la yuxtaposición de cuerpos en escena escogida por Luque, que de esta forma consigue relegar el papel de policía a todos los espectadores que asistimos a la función.
Luque ha sabido interpretar la lucha simbólica entre la luz y la oscuridad del ciclo de las plantas porque el encuentro de los protagonistas en realidad es luz intentando esquivar la oscuridad. Esto también podemos verlo en el cuadro de luces representando el pasado ensombrecido y el presente luminoso y colorido. Deja que el montaje respire de la poética del texto sin alejarlo de lo real y consigue relatar las cosas más sórdidas sin que dejen de parecer bellas.

Todas las noches de un día es una obra en la que el tiempo es una de las columnas vertebrales del texto. Tiempo que se ha olvidado de nuestros protagonistas convirtiéndolos en dos seres atormentados que se han puesto a una de sus orillas bien como acto de resistencia o bien como un sacrificio.

Aunque la elección de los intérpretes, a priori, no me parecía acertada, quizás como consecuencia de la lectura del texto, he de reconocer que verles en escena es un deleite absoluto. Ambos, dibujan con una naturalidad pasmosa el arco de sus personajes que permite al espectador ver la evolución de los mismos.

El resto de elementos, como la escenografía, obra de Mónica Boromello, y la música, creación de Luis Miguel Cobo, encuentran la proporción áurea para convertir el invernadero en un lugar donde se cultiva la belleza inútilmente y se reclama la belleza de la palabra y en el que la música cobra mucho protagonismo. Es una función que habla del silencio y que nos obliga a escuchar a las plantas.

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