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Todo el tiempo del mundo: Una Obra Salida de un Mundo Propio

Todo el tiempo del mundo
28/12/2016

La mente del autor-director que firma esta obra no para, algo le sucede, algo le impresiona, le preocupa; y él se pone a reflexionar y reflexiona, y reflexiona y le da vueltas. Finalmente toda a esa reflexión sale a la luz bajo la forma de una obra de teatro. Es todo un proceso de gestación y parto a fuego lento, como se deben hacer las cosas. El resultado es una obra profundamente personal, no sólo porque los protagonistas son los abuelos del propio Pablo, sino más bien porque sale de las reflexiones más personales e íntimas del autor, algo que vemos en todas sus obras (sobre el amor, la vista y el desarraigo salió «Los Ojos»; sobre el uso de las palabras salió «Los Brillantes Empeños», etc…). Esto es lo que más me interesa de Messiez, que sus obras son un trozo de su alma. Pablo no escribe por escribir, escribe porque algo le lleva a ello, como Chéjov, por boca de Kostya Treplev, protagonista de «La Gaviota», decía:

«Cada vez me convenzo más de que la cuestión no está en las formas viejas o nuevas, sino que el hombre escriba sin pensar en forma alguna, en que escriba porque lo que escribe fluye libremente de su alma.»

La obra es como una especie de sueño en la que al protagonista le van visitando fantasmas de su pasado y su futuro, le cuentan cosas que ya nadie recuerda o cosas que sucederán. Toda una reflexión acerca de lo relativo del paso del tiempo. Para ser una obra tan onírica quizá la puesta en escena y la escenografía son demasiado realistas, para mi gusto. Demasiada imitación de la realidad cuando en realidad la obra es todo lo contrario.

Messiez se vuelve a rodear de actores estupendos (porque para eso él tiene un ojo infalible). María Morales se sale, capaz de emocionar con muy poco, ella es emoción pura.

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