Un hombre de paso: Maquillar el horror

Un hombre de paso
19/02/2022

El encuentro en el Hotel Roma de Turín entre la periodista Anna (María Morales), Primo Levi (Juan Carlos Villanueva), superviviente del holocausto y Maurice Rossell (Antonio de la Torre), delgado de la Cruz Roja que visitó Auschwitz durante la Segunda Guerra Mundial, sirve para que asistimos a eso que se ha venido en llamar «posverdad». ¿Sabía Rossel la farsa que se había montado en el campo de exterminio para maquillar la horrible realidad? La memoria es traicionera y más cuando se trata de algo concerniente a uno mismo. ¿Qué grado de responsabilidad habría tenido este hombre de saber lo que allí se hacía? Los espectadores del siglo XXI podemos indignarnos ante lo sucedido, pero no se nos puede olvidar que ese intento por querer limpiar la culpa es algo que desgraciadamente sigue sucediendo hoy en día. Desde la tranquilidad y comodidad de nuestros hogares asistimos impertérritos al sufrimiento ajeno de los que se ven obligados a huir de sus países por la guerra (u otros motivos) en busca de un futuro mejor. Hemos terminado por normalizarlo. No es necesario irse demasiado lejos. A diario, por la calle, nos cruzamos con personas necesitadas (no solo económicamente), sino personas cercanas de nuestro entorno que necesitan que les dediquemos una mínima parte de nuestro valiosísimo tiempo. ¿Y qué hacemos? ¿Pasar de largo? ¿Desviar la mirada? ¿Detenernos un momento?

Esa es la principal virtud de esta pieza: sacar a la palestra una actitud que muchos de nosotros hemos asumido alguna vez. El error de Rossell debe servirnos como espejo para que autoanalicemos nuestra conducta frente al horror.

Fue precisamente el horror lo que impulsó a Levi a iniciarse como escritor con su obra Si esto es un hombre (1947), que, por cierto, tuve la suerte de ver hace unos meses en un interesante montaje dirigido por Carlos Álvarez-Ossorio. Dicha obra terminaría convirtiéndose en uno de los hitos indiscutibles de literatura testimonial sobre los campos de exterminio.

El magnífico decorado y unas interpretaciones sobresalientes hacen que esta función de Manuel Martín Cuenca (cineasta que ya dirigió a Antonio de la Torre en Caníbal (2013) o El autor (2017)) merezca la pena.

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