Para empezar, me encaaaaaanta poder comer palomitas mientras estoy viendo un musical, y esto fue posible en Wicked, en el Teatro Nuevo Alcalá. Le pregunté al vendedor si me podía llevar el cubo a casa —es muy chuli, con la imagen del musical—, y cuando me dijo: «claro», mirándome como si fuera un poco friki, sentí esa ilusión tan característica de cuando eres niña. Sí, fui muy feliz viendo las primeras escenas mientras las devoraba y, aunque seguramente al señor que tenía al lado no le hacía tanta gracia mi festín —saltó alguna que otra encima suyo—, tener esa opción en los musicales es un puntazo.
Pero vayamos al grano (uno figurativo): Wow. Vaya voces, me dejaron en shock más de una vez, menos mal que mi acompañante me hablaba y conseguía sacarme del ensimismamiento. ¡Qué fantasía de voces tiene este elenco! Merece la pena pagar solo por ver —y oír, por Dios, oír— los solos de Cristina Picos y Cristina Llorente, que no tienen nada que envidiarles a Cynthia Erivo y Ariana Grande. La escenografía es una pasada, así como el vestuario y la música en directo —el director de orquesta parecía muy guapete tras la pantalla, todo hay que decirlo—.
Por otro lado, con lo que está pasando estos días en Estados Unidos, me lamenté viendo lo actual que sigue siendo la historia que narra Wicked: una sociedad que manipula la información, que censura, que es racista y extremista… ¡Qué pena! Pero Wicked tiene algo distinto en cuanto al guion que lo hace único: una amistad que se ve amenazada por la autenticidad y la distinta forma de pensar de las protagonistas, una reflexión sobre los límites, a menudo difusos, del bien y del mal, que presenta un musical que no busca ser moralista sino dibujar la realidad del ser humano y su constante búsqueda del equilibrio.
Yo repetiría, fíjate, aunque no me dieran opción a palomitas.
