Fernando Delgado-Hierro: «Mi intimidad se vuelve materia literaria, teatral y entonces ya no la miro como mía»

Irene Herrero Miguel

Los Remedios, la obra de autoficción ganadora de Premio Max a Mejor Autoría Revelación 2021 llega al Teatro Lara. El nombre de la pieza, Los Remedios, hace referencia a un barrio de Sevilla construido en los años 50. En la obra, escrita por Fernando Delgado-Hierro, dos amigos de la infancia se juntan para tratar de entenderse a base de representarse a ellos mismos, a las personas que marcaron su desarrollo y al contexto social que forjó su identidad. Desde la compañía Exlímite plantean que se trata de «una autoficción autodestructiva hecha por dos personas desarraigadas que remueven la tierra buscando algo a lo que agarrarse». Hablamos con su autor y protagonista Fernando Delgado-Hierro sobre la autoficción, qué se siente al ganar un Premio Max y cómo es su generación. ¡Sigue leyendo!

ENTREVISTA FERNANDO DELGADO-HIERRO

Para poner en contexto ¿De qué habla Los Remedios?

Fernando Delgado-Hierro: «Los Remedios» habla del viaje de dos amigos a sus recuerdos, al barrio donde crecieron que ya solo existe en su memoria, igual que las personas que lo habitaban, que ya solo pueden invocarse a través de la huella que dejaron en sus cuerpos. Representan aquello y a aquellas personas para entenderse hoy, para preguntarse, mientras representan, quiénes son. Habla en el fondo de la amistad como una vasija en la que se puede guardar el tiempo compartido, y en los momentos de mayor desconcierto y pérdida, reencontrarse con uno mismo gracias al otro.

¿Cómo ha sido trabajar la autoficción? ¿Te has puesto muchos límites a la hora de compartir tu intimidad?

F. D. H. Los límites se imponen solos, normalmente. Igual que la necesidad de elaborar o completar. Uno se toma a uno mismo como material de ficción, y entonces la propia mirada sobre eso ya lo va cambiando todo. Diría que las lecturas que me han marcado condicionan más el relato que la propia verdad de mi historia, que mi amor por Shakespeare o por Chéjov o por Pinter acaban teniendo el mismo peso que la responsabilidad de exponer mi intimidad. Mi intimidad se vuelve materia literaria, teatral y entonces ya no la miro como mía.

¿Cómo ha sido la reacción de tu entorno? De esas personas que representáis y que marcaron vuestro desarrollo.

F. D. H.  Pues en general creo que ha tenido algo catártico también para ellos. Hace poco la hicimos en Sevilla y mi abuelo se partía de risa todo el tiempo. Él sale en una escenita al principio y estaba encantado. Creo que hay que estar en paz con la tristeza y con la muerte para disfrutar del todo con el sentido del humor de esta obra, y me pareció que él lo está. A alguno de mis tíos les removió un poco más, lo que es normal, porque en las familias los males de uno nunca son solo de uno, son casi padecimientos secretos que se comparten y a los que no siempre se quiere hacer frente.

¿Se puede mezclar amistad y trabajo? ¿Cómo es crear junta a un amigo de la infancia?

F. D. H. En el teatro se puede, incluso te diría que en el teatro se forja otra forma de amistad, de una comunicación más profunda, la del juego. Como cuando uno es pequeño, que hace amigos jugando y entiende otras cosas sobre con quién está. Pablo y yo nos hicimos amigos haciendo teatro de pequeños y actuar juntos es casi una forma de lenguaje compartido. Crear junto a él ha sido volver a acordarse del Fernando que necesitaba hacer teatro de niño y de adolescente, ha sido recuperar un poco el sentido original de esta necesidad.

¿Cuál es el papel del director con un material tan personal?

F. D. H.  Juan Ceacero es una persona increíblemente generosa. Que sabe acompañar, que sabe escuchar… y sobre todo que tiene un criterio muy afilado para la escena, que reconoce enseguida la teatralidad en su mejor sentido y que va guiando los procesos con mucha calma, sin que las cosas se impongan, haciendo que se vayan gestando a su debido tiempo. Además, claro, es un gran amigo. Sin un amigo en la dirección no se podría haber hecho este montaje.

En la obra reflexionáis en torno al desarraigo, ¿forma parte de tu identidad? ¿por qué?

F. D. H. Es una de las cosas que me ha ayudado a entender la obra. Que mi identidad está en ese ser y no ser, que puedes sentirte desarraigado y a la vez amar algo que está más allá de lo aparente, que el desarraigo puede ser (necesita ser) un viaje de ida y vuelta, y que para descubrir algo nuevo sobre las raíces hace falta tomar distancia, pero también enfrentarse a ellas, profundizar y reconectarse con la fuente de la que saliste.

¿Tenemos las nuevas generaciones algo a lo que agarrarnos?

F. D. H.  Siempre hay algo a lo que agarrarse, supongo, y a lo mejor a veces ese el problema. Quizá lo importante sea hacerse justo esa misma pregunta de vez en cuando, para no acabar agarrado a cualquier cosa. A mí me preocupa más acabar agarrado a cualquier porquería que no tener a lo que agarrarme.

¿Crees que la amistad es la respuesta al desconcierto?

F. D. H.  Es una idea bonita. Y elijo creer en ella, sí. Creo que la amistad te salva de ti mismo y que en un mundo con unos referentes cada vez más difusos son como las boyas o los faros que te hacen recordar dónde estás.

¿Hay espacio para el humor en vuestra propuesta?

F. D. H. Nos lanzamos sin ningún pudor tanto al humor más infantil, al primer impulso de juego puro de cuando empiezas a hacer teatro disfrazándote en el salón de casa y te pones cualquier cosa a modo de traje o de peluca, como al humor más negro y más cruel contra nosotros mismos. La crueldad es devolverle la mueca al miedo que dan la oscuridad, la soledad, el vacío, la muerte o la locura. Antes de que me mates tú primero me mataré yo, y lo haré montando este divertido numerito.

¿Cómo es la vida después de ganar el Premio Max a Mejor Autoría Revelación?

F. D. H. Pues con total sinceridad no lo sé bien. Es decir, la gente se ha alegrado por mí y eso es muy bonito. Aunque yo siempre he sido muy torpe recibiendo elogios, por eso siempre he sufrido desde pequeño en mis cumpleaños. Soy muy tímido y no sé encajar un cumplido. Cuando me dieron el premio me quedé tan confundido que casi salgo por la escalera que no es. Creo que intuitivamente mi cuerpo quería salir de allí corriendo y que si no hubiera puesto un poco de calma adulta, me habría encontrado de repente haciendo una maratón por Bilbao con un Max en la mano y sin saber ni a dónde iba ni cómo había acabado allí.  Y a la vez, pues fue una experiencia única, claro. Que me den todos los premios que quieran, que por muy malo que sea yo recibiéndolos…. pues eso, en el fondo merece la pena. En serio, estoy muy contento.

¿Por qué crees que está funcionando tan bien? ¿Cómo habéis conseguido que la gente conecte con una historia tan “vuestra”?

F. D. H. La gente se reconoce y uno nunca sabe muy bien cómo sucede eso. Creo que nunca nos planteamos gustarle a nadie. Esta obra la hicimos para nosotros mismos, y de verdad que no teníamos ni idea de si a alguien le iba a interesar. De hecho, en un punto nos daba igual, porque la obra era necesaria para nosotros. Tenía tanto interés para mí el proceso que aunque ni a un solo espectador le hubiera gustado me hubiera parecido menos valioso. Creo que hay que meterse en búsquedas que a uno le interesen tanto que desactiven el juicio de los demás.

Escribir e interpretar no parece fácil, ¿te gustaría repetir esta forma de abordar el trabajo de nuevo? ¿te animarías a dirigir un texto tuyo?

F. D. H. Sí. Yo me considero una persona de teatro. Ni exactamente un actor, ni un dramaturgo, ni un director. Soy alguien de teatro, desde pequeño he estado pululando por ahí, imaginando, liando a gente, abordando la escena desde todos los puntos de vista posibles. Me interesa todo lo que es escénico, sea en la fórmula que sea. Creo que mi mejor versión como actor surge cuando estoy implicado como creador, y que mi mejor versión como escritor de teatro surge también cuando tengo un vínculo con el cuerpo en escena y que mi mirada de director está en la disciplina que el espacio y el tiempo junto a la escena han ido formando en mis ojos. No sé distinguirlo en categorías. Cuando estoy en el teatro, estoy.

Los Remedios, Cluster… Hay algo muy generacional en tu escritura ¿qué tiene tu generación de particular?

F. D. H. Es una pregunta muy difícil esta de la generación. No creo que compartamos respuestas claras. Sí quizá algunas preguntas: ¿Cómo sobrevivir ante tanta información? ¿Cómo sobrevivir al relato de nosotros mismos al que nos empujan las redes sociales? ¿Cómo encajar en nuestras relaciones afectivas lo que estamos aprendiendo con el feminismo o con la desjerarquización del amor de pareja? ¿Cómo nos enfrentamos a un futuro en el que todo pinta tan negro a la vez que tenemos tan poca fe en el ser humano? ¿Cómo salimos de nuestras burbujas en un momento en que todo tiende a encerrarnos más y más en ellas?… Las preguntas que nos plantea nuestro tiempo son especialmente punzantes para nuestra generación, porque empezamos a tener esa edad en la que la gente se pone manos a la obra y trata de resolver las cosas. Empezamos a tener edad de ser padre o madre y, aunque no tengamos hijos, de algo tendremos que responsabilizarnos.

¿Sobre qué temas te gustaría escribir en el futuro? ¿Te gustaría seguir en la línea de la autoficción?

F. D. H. Hay algo en la autoficción que me sigue atrayendo, supongo que porque se ha ido estableciendo como un lenguaje propio y empieza a salirme natural, y porque juguetear con la vida de uno para especiarla un poco y poder mirarla con distancia y reírte de ti se acaba volviendo un vicio como otro cualquiera. Pero siempre ha sido una forma de juego, otra máscara más que por diversión identifico con la mía. Yo soy más la fantasía que me ataca que el yo que habito en escena.. y uno a lo que aspira es a ser otros. En el fondo ese es el gran tema, qué significa ser. Y es inagotable y uno lo aborda cada vez desde distintos ángulos. Pero por responderte algo concreto ahora estoy pensando en escribir sobre el futuro. Estoy haciendo una autoficción hacia el futuro, que tiene algo de paradójico y de desafío. Ahí andamos, en ese juego tan serio de dejarse mirar y tratar de entender si en lo humano hay algo compartido.

Irene Herrero Miguel / @ireneherreromi

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