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EN EL TEATRO DE LA ABADÍA

María Goiricelaya: «Para aprender a vivir bien tenemos que aprender a morir bien»

La dupla María Goiricelaya y Ane Pikaza estrena 'Ni flores, ni funeral, ni cenizas, ni tantán' para hablar del duelo y el «buen morir»

Imagen de la dramaturga y directora teatral María Goiricelaya.

‘Ni flores, ni funeral, ni cenizas, ni tantán’ es la nueva obra de María Goiricelaya.

Un padre y una hija convierten el Camino de Santiago, la ruta más antigua de Europa, en un cruce de personajes e historias. En Ni flores, ni funeral, ni cenizas, ni tantán La Dramática Errante nos invita a emprender un viaje que nos empuja a aceptar nuestra condición mortal como parte de la vida para afrontarla con alegría. Una reflexión sobre el derecho a una muerte digna y un abrazo a todas las personas que acompañan a otras en la última etapa de su vida.

Loli Astoreka, Aitor Borobia, Idoia Merodio, Ane Pikaza, Egoitz Sánchez y Patxo Telleria protagonizan esta historia de superación, ternura y humanidad impregnada de humor, emoción y conciencia social. El espectáculo se podrá ver del 19 de febrero al 8 de marzo en la Sala Juan de la Cruz del Teatro de La Abadía.

Desde TeatroMadrid hablamos con María Goiricelaya, la dramaturga y directora de la propuesta, sobre las motivaciones que le han llevado a crear esta obra y el papel indiscutible y urgente del teatro como gran transformador social.

La obra tiene un vínculo personal con la actriz Ane Pikaza. Cuando su tío Mikel Pikaza recibió su diagnóstico de cáncer pronunció una frase que quedaría grabada en la memoria de Ane: «Ni flores, ni funeral, ni cenizas, ni tantán». ¿Recuerdas cuando Ane la compartió contigo? ¿Siempre visteis claro que ese tenía que ser el título de la obra en español?

Recuerdo cuando Ane me llamó y me contó que su tío le había dicho esta frase, y al cabo de unos días le dije: «este es el título del espectáculo». Y en aquel momento estaba empezando a escribir el texto. Entonces las dos lo vimos y le dije: «Vas a tener que pedir permiso en algún momento a tu familia para ver si podemos utilizar esta frase como título». Recogerla tenía todo el sentido del mundo para reivindicar el sentido de que cada persona pueda morir de la forma en la que desea, que también es algo importante.

El espectáculo nos cuenta la aventura vital que van a compartir un padre y su hija. ¿Cómo definirías tanto a Ane como a Santi?

En el personaje de Ane hay mucho de la actriz, en la sensibilidad, en el humor, también en la vitalidad. Ane Pikaza es una mujer muy vitalista, con mucha fuerza, y este personaje también tiene todo eso.

Y en el caso de Santi, que lo interpreta Patxo Telleria, pasa un poco lo mismo: también destila bastante de este padre vasco, un tanto cerrado, cuando digo cerrado me refiero a un poco a encerrado en sí mismo, que no quiere afrontar algunas cosas. Y para mí el personaje de Santi, que sufre una evolución preciosa a lo largo del espectáculo, refleja todas esas cosas de las que nos cuesta hablar, estos nudos familiares que no acaban de soltarse hasta que algo ya es categóricamente imperativo y es necesario encararlo muy directamente.

La muerte es la única certeza humana que tenemos y a pesar de ello sigue habiendo mucho tabú, respeto al tratar el tema e incluso pudor. Especialmente en Occidente hacerlo con naturalidad y aceptación sigue siendo hoy una cuenta pendiente. ¿Por qué crees que nos sigue costando tanto gestionar y afrontar el único hecho que es inevitable e irreversible?

Creo que se debe a diferentes aspectos sociales, filosóficos y espirituales. Principalmente considero que las religiones, o al menos las religiones imperantes en nuestro territorio, han teñido a la muerte de algo muy oscuro y que genera mucho miedo. Si nos fijamos en otras culturas, hay un componente mucho más celebrativo en torno a ese momento crucial. Siempre cuando celebramos los nacimientos, qué alegría produce el que un ser nuevo llegue a este mundo y, sin embargo, cuando abordamos el otro momento vital de una persona, que es que se va a morir, nadie quiere, intentamos esconderlo cada vez más.

Todo esto junto a este culto a la inmortalidad en el que vivimos ahora, que qué maldición, por otra parte, si fuéramos inmortales, porque no haríamos más que postergar todo y nuestra vida entonces carecería de sentido y de propósito, todo esto hace que no miremos a la muerte hasta que nos toca afrontarla y que cuando nos toca hacerlo, de repente, es un gran susto.

Imagen de 'Ni flores, ni funeral, ni cenizas, ni tantán' de La Dramática Errante.

Una historia de superación, ternura y humanidad impregnada de humor, emoción y conciencia social.

Si morir es algo absolutamente natural como lo es nacer, y que también tiene que ver con los niveles de trascendencia de cada persona o con las creencias particulares, existe algo común que deberíamos empezar a pensar, y es que efectivamente necesitamos volver a reconectarnos con la idea de la muerte y buscarle o darle ese lugar que se merece dentro de la vida, porque al final es parte de ella.

Además, la muerte puede ser inesperada, accidental, repentina y no entiende de edad. La muerte está presente en la vida y puede sorprendernos en cualquier momento.

Todos empezamos a morir en el momento en que nacemos. Es así. Es verdad que hay muertes como decías inesperadas, absurdas, trágicas, que suponen un shock, pero todo esto lo vivimos así porque no contemplamos o no tenemos integrada nuestra idea de finitud y porque nos han enseñado que cada vez tenemos que prolongar más la vida. Este será como el próximo paso dentro de las desigualdades, el comercializar probablemente con la muerte y ver hasta dónde estiramos el chicle, algo que absolutamente no tiene sentido. Considero que tenemos que vivir realmente con una mayor conciencia de finitud.

La obra también habla de la enfermedad y del derecho a tener una muerte digna. La enfermedad a veces, aunque sea larga, sí que tiene una cura, pero eso no quita toda la parte del acompañamiento a las personas enfermas. En los casos terminales, los cuidados paliativos son fundamentales. ¿Cuánto crees que nos queda por avanzar en derechos sociales en relación a esta realidad?

Nos queda un largo camino. La ley de la eutanasia se aprueba en marzo de 2021, pero estamos en 2026 y aún no hay una ley de cuidados paliativos.

Por otro lado, hay muchísimos conflictos y situaciones para los que nos preparan en la vida y, sin embargo, para algo que es una certeza no nos preparan. Es como que en la familia no se habla hasta que ya llegamos a determinados lugares. Yo lucho para que las generaciones que nos van a suceder tengan esas herramientas y no aborden el final de la vida desde un lugar lúgubre, con miedo, con terror, con ignorancia porque no sabes qué hacer y te pones nervioso; con apego porque no quieres que esa persona fallezca. Todo tiene su tiempo.

Tampoco podemos seguir medicalizando a la gente para prolongar qué, cuánto, a costa de qué, para qué, cuál es el motivo. Es importante también dilucidar cuál es ese lugar en el que la muerte nos sitúa también hacia atrás. Nos coloca también en nuestra vida, en cómo queremos vivir. Quizá haya que preguntar a las personas cómo quieren morir y tengamos que aprender efectivamente a morir y a cuidar en ese momento. Morirse bien, por supuesto, tiene que ver con morir sin dolor, pero también con morirte con esa conciencia de que la hora ha llegado y de que ese tránsito está ahí para ti también.

Sí, y hacerlo con tranquilidad desde un lugar de calma; con serenidad.

En sus últimos momentos, la gente se arrepiente siempre de lo mismo: de haber trabajado mucho, de haber pasado menos tiempo con la gente que quería, de no haber disfrutado, de no cerrar cosas. Las personas que mueren con todos sus asuntos absolutamente cerrados transitan de una forma mucho más gozosa. Y eso es algo que también se aprende. Para aprender a vivir bien tenemos que aprender a morir bien.

Esa frase debería ser un lema a repetir diariamente hasta lograr interiorizarlo. La aceptación es la clave para todo en la vida.

Claro, el aceptar la finitud y que todo es constante aprendizaje y que como tal necesitamos aprender a morirnos mientras vivimos.

El humor está muy presente en el espectáculo. ¿Cómo crees que desde el teatro el humor ayuda para la gestión de procesos y situaciones que son dolorosas?

El humor es esa grieta donde la luz se cuela. Dentro de un momento doloroso, es ese asidero que siempre aparece para recordarnos también que la luz y la sombra conviven de forma muy cercana y que todo eso que nos hace daño siempre tiene una veta de escape.

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‘Ni flores, ni funeral, ni cenizas, ni tantán’ es una reflexión escénica sobre el derecho a una muerte digna.

Hay momentos muy divertidos dentro del espectáculo que hacen uso del humor negro, de un humor más blanco, porque hay mezcla de todo, pero, sobre todo, de una visión que tiene que ver con la esperanza y del buen vivir. De cómo la vida va también de eso, de reírse de la propia vida y de aceptar que este viaje tiene un fin y que ojalá seamos capaces de disfrutarlo, entendiéndose el disfrute como esta aceptación y vivencia de la forma más lúcida y coherente de lo que se nos propone.

Superación, ternura y humanidad con el Camino de Santiago como fondo. ¿Qué te llevó a elegir la ruta más antigua de Europa, que además es una hermosa metáfora de la vida como un camino a recorrer?

El Camino de Santiago siempre me ha parecido primero una metáfora de la vida y luego un friso sociológico, porque tú te encuentras ahí a personas de todo tipo con bagajes muy diferentes. Esto también me lleva a revisar qué personas nos acompañan en la vida y de qué forma también tomamos decisiones en función de su presencia en nuestras vidas. Y habla del propósito, de quiénes somos y de qué estamos venidas a desarrollar en esto que llamamos vida.

Lo más importante en nuestro camino es ese viaje; la verdadera belleza está en el recorrido y no en llegar a un punto concreto. El destino al final es el trayecto.

Exactamente, sí, ese viaje es lo que la vida ofrece, una constante de aprendizaje y de revelar, para mí, la luz. Eso es lo que nos debería motivar, y la meta tendría que ser siempre algo inalcanzable.

«El Camino de Santiago siempre me ha parecido primero una metáfora de la vida y luego un friso sociológico»

¿Qué te ha aportado personalmente este proyecto?

Me ha aportado mucho conocimiento. Si antes vivía muy de espaldas a lo que era la muerte, para mí ha sido un ejercicio de valentía, de confrontar algo que me aterraba profundamente para poder entenderlo mejor. Me ha brindado una visión mucho más amable, también mucho más compleja, pero mucho más coherente de cómo quiero vivir. Cuando tomamos conciencia de que vamos a morir vivimos de otra manera; se produce una fuerte reconfiguración de todo lo anterior.

Y qué bella es la búsqueda, ¿verdad? Porque la búsqueda es vida también.

Totalmente, yo espero no dejar de buscar nunca, y como decías, Bea, no llegar nunca a ningún lugar. Este viaje a Ítaca, que también espero no llegar a Ítaca jamás, deseo seguir viviendo aventuras por el camino, algunas serán maravillosas, otras tendrán otros recovecos, quizás menos amables, pero no por ello ineludibles, porque forman parte de esta ruta. A por ello, a vivirlo con coherencia y con alegría.

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Escrito por
REELS BURRO  - 7

Periodista y filóloga hispánica que ha hecho de su pasión por la cultura y las artes escénicas su forma de vida. Amante del teatro clásico, del repertorio y del teatro de texto contemporáneo. Creadora de contenidos editoriales de TeatroMadrid y redactora de la Revista TM.

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