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Íñigo Guardamino: “Nos estamos deshumanizando o robotizando”

8 mayo 2019

Íñigo Guardamino, uno de los autores más originales, prolíficos y premiados del Off, da el salto al Centro Dramático Nacional con su obra Metálica, una historia de robots que buscan su sitio dentro de una familia, y que podrá verse a partir del 10 de mayo en la Sala de la Princesa del Teatro María Guerrero.

El autor de Vacaciones en la Inopia -con la que fue finalista a los Premios Max– está viviendo su momento más dulce tras obtener por segunda vez el Premio LAM por su obra Eloy y el mañanaya lo había ganado antes con El año que mi corazón se rompió-, estrenar Monta al toro blanco en el Pavón Teatro Kamikaze, y ser elegido para el ciclo Escritos en Escena del CDN. Y todo ello en el mismo año.

Teatro Madrid.- ¿Cómo llevas ser uno de los dramaturgos de moda?

Íñigo Guardamino.- Bueno, estoy de moda en casa a la hora de comer. Pero es verdad que estoy muy contento con todo lo que me ha pasado en el último año. Fue una alegría, primero, que me eligieran para Escritos en escena, después, poder estrenar en el Teatro Kamikaze, y más tarde, recibir el Premio LAM. Pero, lo que tiene esta profesión es que un año tienes éxito y otros dos años estás mirando al techo. Entonces, lo mejor es disfrutar mientras lo tienes, porque puede que no vuelva o puede que tardes mucho en sacar otro proyecto. Salvo algunos elegidos o privilegiados, es muy complicado enganchar un año tras otro con mucha actividad, y mucho menos vivir de esto. Pero bueno, como nos gusta, lo seguimos haciendo.

T.M.- Creo que empezaste escribiendo guiones.

I.G.- Sí, fui guionista antes que dramaturgo. Hice algunos cortometrajes que, afortunadamente, se han perdido. Y escribí guiones para películas que, finalmente, no prosperaron, sobre todo, por falta de medios y de financiación. Esa fue una de las razones que me llevaron a escribir teatro.

T.M.- ¿No lo habías intentado antes?

I.G.- No, pero enseguida descubrí que el teatro era mi medio natural. Y diez años después lo sigo pensando.

T.M.- ¿Has descartado entonces la idea de hacer cine?

I.G.- No la descarto, aunque ya tendría que ser algo a tiro hecho, es decir, que viniera alguien con una producción, unos medios y un equipo dispuesto a sacar el proyecto adelante. Pero ponerme a escribir guiones sin más, otra vez, no lo veo. Hay algunas obras mías, como la de Un resplandor en el cielo del norte que, según mucha gente, estaría muy bien en cine. Puede ser, no lo sé, pero de momento no pienso en ello. Estoy muy contento con el teatro.

T.M.- ¿Cómo fueron tus comienzos en el teatro?

I.G.- Empecé escribiendo El año que mi corazón se rompió, Londres, Londres y algunas obras cortas como Plan B, que fue la primera obra que estrené. Después se puso en contacto conmigo Cecilia Freire para hacer Huevo, que también escribí, y más tarde monté Vacaciones en la Inopia, por la que fui finalista a los Premios Max.

T.M.- ¿Si hace diez años alguien te hubiera dicho que estarías en el CDN, le habrías creído?

I.G.- Le habría mandado a la mierda.

T.M.- ¿Nos mintieron cuando nos hablaron del futuro?

I.G.- El futuro estaba sobrevalorado. Nos mintieron cuando nos dijeron que el futuro nos traería la felicidad, nos permitiría teletransportarnos, hacer viajes en el tiempo y cosas así. Pensábamos que iba a cambiar mucho la tecnología y que nosotros íbamos a seguir igual. Y lo que está ocurriendo es que, al menos en apariencia, todo sigue igual, y, sin embargo, somos nosotros los que estamos cambiando, y de eso va Metálica, de que, de alguna manera, nos estamos deshumanizando o robotizando. Muchas veces se trata a las personas como si fueran máquinas, lo que importa es su capacidad productiva. Y algo parecido está pasando en las relaciones personales, donde cada vez tienen más protagonismo las máquinas a la hora de comunicarnos.

T.M.- ¿También nos mienten ahora?

I.G.- Más que mentirnos, nos quieren llevar hacia el sitio que les conviene. Y la verdad es que se lo estamos poniendo bastante fácil, porque les estamos poniendo en bandeja nuestra intimidad. Ahora, los gobiernos y las multinacionales saben mucho más de nosotros que nosotros mismos. Y ahí es donde está realmente el peligro, porque nos ponen en una situación de debilidad en la que podemos ser manipulados sin que lo sepamos.

T.M.- ¿Cómo has vivido ese salto del Off al Centro Dramático Nacional?

I.G.- Ha sido una experiencia muy bonita, sobre todo por poder trabajar con este equipo, y también, por el hecho de contar con más medios y tener más visibilidad. Ha estado muy bien, la verdad. Luego costará volver a trabajar con menos medios y con una autogestión precaria, pero lo seguiremos haciendo con la misma ilusión.

T.M.- ¿La presión es mayor por tratarse del Centro Dramático Nacional?

I.G.- Bueno, la verdad es que sí hay algo más de presión, sobre todo porque, aunque se trate de la sala pequeña, vamos a tener una mayor visibilidad y, por tanto, una mayor exposición. Pero, por otro lado, estamos tranquilos porque hemos estado muy contentos con el proceso y, sobre todo, con el resultado. Hay un poco más de presión, sí, pero al final es como en todas las obras, esperas que a la gente le guste y vaya a verla.

T.M.- ¿Y cómo ha sido la experiencia de escribir a pie de escena, sin un texto previo?

I.G.- Ha estado muy bien, pero también gracias a que hemos tenido más medios. En otras condiciones habría costado más hacerlo, porque los actores no tendrían tanto tiempo y tampoco yo. Pero me parece muy interesante porque, escribir a pie de escena, te permite experimentar y jugar con los actores, hay una parte más lúdica, más divertida, aunque también más arriesgada. También es verdad que las improvisaciones han funcionado, me han servido a la hora de escribir y, al final, todo ha salido bien. Aunque eso lo veremos el viernes.

T.M.- En Metálica hablas de soledad, de falta de comunicación. Si en un futuro podemos prescindir de los demás, ¿seremos todos prescindibles?

I.G.- No, yo creo que, lo que va a pasar es que vamos a sustituir las relaciones personales reales por una ilusión, la ilusión de que estamos con alguien. Siempre va a parecer que tenemos amigos, que estamos en contacto con mucha gente, pero en realidad vamos a estar solos con nuestros juguetitos electrónicos y sin salir de nuestra zona de confort. Pero no vamos a tener que esperar al futuro para verlo, porque está ocurriendo ya.

T.M.- ¿Podremos enamorarnos de una máquina?

I.G.- Ya estamos enamorados de los móviles, de juegos y programas. Los necesitamos y les estamos dando cualidades humanas. Además, forman parte de ti y tú de ellos, porque ahí tienes tus fotos, tus historias, tus contactos personales y, en definitiva, tu vida. Y si a todas esas ventajas le añades la posibilidad de que te hablen, lo normal es que te acabes enamorando de ellas, somos humanos. Además, es una relación amorosa muy cómoda porque las máquinas nunca te van a exigir nada. Entonces, en el fondo, es un chollo.

T.M.- ¿Aceptará la Iglesia la boda entre hombres y máquinas?

I-G.- No lo creo, si no están dispuestos a aceptar que personas del mismo sexo se quieran entre ellas, que es lo más natural del mundo, imagínate con una máquina. Aunque, pensándolo bien, seguramente prefieran las máquinas a los maricones, sobre todo si son robots cristianos, marca Pontifex.

Risas, telón lento… y final.

Juan Mairena / @Mairena_Juan

Fotos Juan Mairena y Mario Zamora (Escena)

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