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Ragazzo: «Si no lo contamos, la historia se escribe sobre sí misma y los datos se borran»

7 enero 2022
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En la imagen, el actor Oriol Pla atento a las directrices de Lali Álvarez. // Foto: Claudia Serrahima

En Teatro Madrid hemos tenido el placer de conversar con Lali Álvarez y Oriol Pla sobre Ragazzo, un monólogo que aborda temas como el concepto de libertad, de lucha y de juventud, entre muchos otros matices. Un proyecto que fue inspirado por el asesinato de Carlo Giuliani durante la reunión del G8, que se llevó a cabo en julio de 2001 en Génova.

La obra se representó por primera vez hace casi siete años y con ella cosecharon muchos éxitos, experiencias y aprendizajes. Ahora tenemos la suerte de poder disfrutarla de nuevo en el Teatro del Barrio, del 7 al 16 de enero.

Entrevista a Lali Álvarez y a Oriol Pla

¿Qué significa para vosotros este montaje?

Oriol Pla: Muchas cosas. Para mí fue un despertar teatral, artístico, personal. Este espectáculo me ha cambiado la vida. Bueno, más que el espectáculo, Lali Álvarez. Ella me sensibilizó con muchas cosas que yo no conocía. Ragazzo nació porque conversando con Lali hablábamos sobre acontecimientos históricos que nos habían marcado y Lali comentó lo de Génova, el Movimiento Antiglobalización, Los Zapatistas… Y le contesté que ni idea.

Ella me abrió todo un mundo de sensibilidad, de ilusión, de entusiasmo por hacer teatro con mucho corazón y sentido, muchas ganas de crear como comunidad y, de pronto, Ragazzo fue un bombazo. Lo montamos con los muebles de Lali, con la ropa de Lali y mía, con mi madre en la iluminación… ¡Y fue la hostia! Éramos un secreto a voces, la evolución del proyecto fue algo súper mágico.

Cuando estás solo en escena te llevas lo mejor y lo peor. Es horroroso y maravilloso a la vez. Es muy emocionante. Lali es muy divertida, hemos reído mucho. Este proyecto es un amor de juventud. 

Lali Álvarez: Sí, fue un despertar teatral muy claro. Para mí fue un aprendizaje brutal y me di cuenta de que es posible, que se puede hacer teatro de la forma en la que nosotros queremos hacerlo, que no hay necesidad de «pasar por los tubos». A nivel personal hemos tenido momentos muy divertidos, mucha emoción. Oriol es un actor súper trabajador, muy técnico y a la vez muy emocional. El ver cómo una palabra se puede convertir en acción y emoción fue un aprendizaje brutal. 

O.P. Además para mí también fue la experiencia de estar en un tipo de teatro que tenía muchísimo sentido. La sensación de contar una historia que había pasado de verdad… ¡De pronto tenía tanto sentido hacer teatro! Fue espectacular. 

En la imagen la autora y directora junto al actor en uno de los ensayos. // Foto: Claudia Serrahima

Para poner en antecedentes a los lectores, ¿quién fue Carlo Giuliani?

L.A. Carlo Giuliani era un Ragazzo, un chaval. Un chaval que vivía en la ciudad de Génova, en Italia, durante las protestas que hubo durante la quimera del G8, que es el G7 y Rusia. Él decidió formar parte de estas protestas saliendo a la calle y participando en las manifestaciones que hubo. Fue asesinado. Ese asesinato marcó a toda una generación. Es un personaje que ha sido muy denostado por la prensa, por la política, se ha hablado de él como un radical. Nosotros quisimos tirar más allá y ver qué podía haber detrás de las versiones oficiales y mirar al personaje a la cara.

La obra pasó de llamarse Carlo Vive en sus primeros borradores a llamarse Ragazzo. Háblanos sobre esa transición.

L.A. Cuando lo que estás poniendo en escena son hechos reales es muy importante partir de un respeto a la verdad. Nosotros no podemos explicar la verdad sobre Carlo Giuliani porque no lo hemos conocido personalmente. Ese fue uno de los motivos del cambio. No podíamos hablar de él, teníamos que hablar de alguien a quien le pasaba lo mismo.

Por otro lado, la historia de Carlo nos habla de muchas historias. Hay muchos «Ragazzos» en el mundo. Ha habido muchas personas que han pasado por historias parecidas de abusos policiales, de ser asesinados por las fuerzas de seguridad… De alguna forma, quitándole el nombre, ofrecíamos una representación simbólica a todas esas personas que han tenido esas experiencias. Además, es el retrato de una generación, no es el retrato de una persona. De alguna forma necesitábamos, para ser justos, quitarle el nombre. 

En la imagen la autora y directora Lali Álvarez. // Foto: Claudia Serrahima

El montaje se estrenó hace ya casi 7 años, ¿por qué motivo habéis decidido volver a darle recorrido?

O.P. Es algo que teníamos ganas de hacer de nuevo. Paramos la gira por temas de agenda y se acabó dejando un poco de lado. Este proyecto fue un viaje muy especial para todos y queríamos acabarlo bien, sin despedirnos del proyecto como tuvimos que despedirnos en su momento. Hay una voluntad de reencontrarnos, de volver a contar esta historia, de cerrar esta etapa. 

L.A. Sí, por nosotros esta historia podríamos explicarla siempre, porque es una historia que no caduca, que nos habla de unos hechos históricos que, si a los jóvenes de hoy ya les hablas del 15-M y no saben lo que es, menos todavía saben lo que es el Movimiento Antiglobalización. 

La estaríamos representando siempre y desde que la hicimos hemos vivido cosas muy fuertes. Hemos estado en Génova, hemos conocido a la madre de Carlo Giuliani y hemos estado en los mejores teatros de nuestra ciudad que nos dio una gran fuerza el poder estar en esos espacios ya que para nosotros era algo fuera de lo común—. Hemos ganado premios, compartido muchos viajes juntos haciendo la gira y necesitábamos darle un final por todo lo alto. 

O.P. La hemos representado también en La Casa de la Montaña, que es una casa okupa y llevo su camiseta en escena, también por institutos… Ha despertado mucha curiosidad y es un montaje en el que el post función es muy interesante. Es una obra que nos ha aportado mucho a nivel vital, hablas con la gente, con los jóvenes, con gente más mayor y te encuentras muchas opiniones y puntos de vista distintos. 

L.A. Esta obra tiene algo que no pasa siempre y es que toca a gente muy diferente. Con esta obra ganamos un premio de Mejor Espectáculo para Jóvenes y en ningún momento habíamos pensado que fuera una obra para jóvenes. Es un montaje que toca a mucha gente, incluso personas con visiones políticas totalmente contrarias a las nuestras que vienen y comprenden a este joven que quiere cambiar el mundo. 

Oriol Pla interpreta a Ragazzo.

Oriol, ¿cómo ha sido volver a encarnar el personaje y el proceso de ensayos? ¿Habéis descubierto cosas nuevas? 

O.P. Hay una parte emocional y personal que es muy emotiva porque yo conocí a Lali con 19 años y volver a Ragazzo es como volver a los 20-21 años.

Además, es muy interesante volver a retomar un texto años más tarde, porque tú también has crecido de alguna forma a nivel artístico y personal. Ahora tenemos ese reto, vamos a ver cómo decimos el texto desde ese Ragazzo que ahora tiene más experiencia. Antes quizá era desde un sentimiento más romántico sobre la vida y ahora habrá que verlo, lo iremos descubriendo y nos iremos escuchando. Lali lo tiene muy claro y eso es muy guay. La intuición te va llevando hacia lo que va a ser. 

También es una obra que pasa mucho con el público, es en ese diálogo cuando cobra vida el personaje. Yo puedo trabajarlo solo pero hasta que no se lo digo a Lali o a alguien y se crea ese presente, ese momento, no aparece el personaje. Va a ser algo muy nostálgico y muy bonito. 

L.A. Ha sido muy curioso a la hora de releer el texto juntos y darnos cuenta de que la juventud del Ragazzo no está solo en su edad sino también en su forma de ver el mundo. Creo que ahora podemos encontrar los ecos de esa inocencia en un personaje que tiene ya un idealismo más formado, más sustentado, con raíces más fuertes. ¡Vamos a ver qué pasa! 

En la imagen la puesta en escena de Ragazzo.

¿Qué supuso para vosotros tanto personal como creativamente conocer a la familia de Carlo y visitar el lugar de los hechos?

O.P. Recuerdo que antes de representarla en el Teatre Lliure le dije a Lali que me iba a Génova a visitar esos lugares y Lali dijo: «¡Espera un momento! ¡Si vamos, vamos todos!». Cogimos el coche y nos fuimos desde Barcelona, Lali, Pau, mi madre, yo… (ríe). Y vivimos lo que debía ser en esa época: coger el coche, ir a Génova, pasar fronteras, conducir mil horas… Nos paró la policía para saber de dónde veníamos, visitamos los lugares clave, vimos cómo era la ciudad —que la recuerdo muy laberíntica—, vimos el mismo sitio que sale en el vídeo, entramos en la escuela… Ver el mar, que tanto le gustaba a él… Fue extraordinario. Conocer a la madre de Carlo, estar en su casa, ver su habitación… A nivel personal es una pasada, porque es un viaje con unos amigos sobre algo muy importante. A nivel artístico da una riqueza y un respeto a la historia tremendo. El viaje se hace más amplio, más grande y se comparte con más gente.  

L.A. Para mí a nivel artístico también fue muy fuerte a la hora de escribir el texto, porque de entrada había escrito un diálogo entre Carlo Giuliani y Mario Placanica, que se supone que fue el Carabinieri que le disparó, o eso dice en la versión oficial. Un chico de 21 años, dos años más joven que Carlo Giuliani. Esa era la obra que teníamos, un diálogo entre los dos.

Me di cuenta mientras escribía que tenía que contactar con la familia de Carlo. Pensé que realmente estaba hablando de algo que no sabía. Entonces contacté con su madre, tuvimos un Skype. Ella me respondió con la toalla en la cabeza, saliendo de la ducha y estaba en la habitación de Carlo. Para mí fue muy chocante. Le expliqué lo que estaba haciendo y ella me paró y me dijo: «¿Por qué quieres poner a Mario Placanica en el escenario?». Le dije «porque es quien le disparó» y me contestó: «eso no lo tenemos claro».

Entonces me di cuenta que yo estaba trabajando con la versión oficial y al hablar con ella fue el primer choque: la verdad y la versión oficial no necesariamente son lo mismo. A partir de ahí tuvimos que hacer todo un trabajo más intenso de documentación para conseguir acercarnos un poco más a la verdad huyendo de esa primera versión. Las versiones oficiales muchas veces se escriben para explicar las historias como quiere el poder que sean explicadas.

A nivel artístico cambió todo, pasó a ser un monólogo. Entendí que tenía que hablar más de la juventud y no tanto de Carlo, que los referentes podían abrirse y que podíamos hablar de toda una generación.

En el viaje a Génova para mí fue muy fuerte darme cuenta que, la historia, si no la explicas, se borra. Esa ciudad que visitamos era una ciudad normal, con su cotidianidad. En la escuela donde habían estado los periodistas y en la que hubo un ataque policial, reinaba la normalidad, en el estadio la gente estaba haciendo deporte. Y me di cuenta de que merecía la pena que habláramos de esto, porque si no lo contamos la historia se escribe sobre sí misma y los datos se borran. 

En la imagen el personaje inspirado por Carlo Giuliani.

¿A día de hoy, habéis encontrado respuestas al volver a trabajar Ragazzo o, al contrario, os ha generado incluso más preguntas?

O.P. A mí me ha generado mucha más atención y conciencia así como la capacidad de reconocer más claramente ciertas acciones, ciertos momentos. Después de ver cómo trató la prensa y el gobierno el caso de Génova y de Carlo, estás curado de espantos. Pones en duda un poco más todo… Me cambió el ver dónde te informas, de dónde sacas la información. Pero me sigue generando más preguntas que respuestas. 

L.A. Sobre todo al principio de hacer la obra me quedaba en la salida y escuchaba al público comentar la función. Mucha gente se preguntaba: «¿y ahora qué?» Como diciendo: «vale, nos habéis contado una historia, nos habéis puesto de alguna forma delante de un espejo pero, y ¿ahora qué?» Y yo siempre pensaba: «es que esto no os lo puedo decir yo. Tampoco lo sé». Y hoy en día sigo sin saberlo, incluso menos aun.

En todo este periplo me he hecho mayor, ahora tengo 41 años, he sido madre. De alguna forma tengo una tristeza interior de haber sucumbido a ser adulto y a formar parte del sistema de alguna manera. Por eso retomar Ragazzo, volverla a sentir, volverla a leer, volverla a escuchar me recuerda un poco a quién quería ser. No a quien soy, porque quien soy no lo sé ni lo sabré nunca y me estoy escribiendo a cada momento, pero sí a quien yo quería ser. No quiero que las cosas que no me pasan a mí me den igual y no me afecten.

Como el poema de John Donne que dice algo así como «¿Por quién doblan las campanas? No preguntes por quién doblan las campanas, las campanas doblan por ti». 

Andrea Garriga González / @andrea.garriga

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