Doña Jimena Díaz de Vivar, gran señora de todos los deberes, de María Teresa León, con dirección de escena y dramaturgia de Ignacio García. En el Teatro Fernán Gómez. Centro Cultural de la Villa.
Sinopsis
Doña Jimena Díaz de Vivar es uno de esos tantos personajes que han quedado en la cuneta de la historia, olvidados y escondidos, muchas veces, a la sombra enorme de un héroe masculino.
Hay personajes con una grandeza que ensombrecen todo lo que hay alrededor, y así sucede en el caso de ese legendario Rodrigo Díaz de Vivar, que mereció el nombre del Cid, el Señor, tanto por cristianos como por musulmanes, que lo admiraban y temían por igual por sus gestas.
Sabemos de sus batallas y sus conquistas, del agravio de sus hijas y de sus venganzas, de la fama que lo llevó a ganar batallas incluso después de muerto, gracias al respeto y pavor que causaba entre sus enemigos. Sabemos tanto de él y tan poco de la madre de esas hijas, la compañera de andanzas y la mujer que de alguna manera forjó esa leyenda desde la sombra: Doña Jimena Díaz de Vivar, a quien María Teresa León bautiza Señora de todos los deberes.
Se trata de un texto preciosísimo, escrito con un cuidado asombroso del estilo y del lenguaje, en una filigrana única (probablemente la más lograda por la autora, que sin duda sentía una gran identificación por el personaje histórico, por el sufrimiento, el desagradecimiento patrio y el exilio sobre todo) que propone un viaje único y diferente por la biografía de ambos, Rodrigo y Jimena, desde una sensibilidad completamente diferente, llena de delicadeza y de fuerza, de crudeza y de finura, que llevará al espectador al conocimiento de un mundo fascinante.
Jimena evoca la juventud y el encuentro de ambos, la fascinación y la complicidad en la que se va construyendo esa relación, pero también cuenta las batallas y la incertidumbre, el miedo y la crueldad de un mundo lleno de odios y envidias, en el que la muerte está siempre al acecho.
María Teresa León, figura enorme pero muchas veces olvidada de la generación del 27, de una enorme calidad literaria y un mensaje poderoso, evoca con este texto desde el doloroso exilio en Argentina (allí fue publicada la primera edición en 1960) un cúmulo de ideas que se agolpan en la cabeza de Jimena como en la suya: el destierro, el desagradecimiento, la rabia y el ansia de regreso, la soledad de las mujeres en todas las situaciones de violencia, la dignidad de los que están dispuestos a jugarse la vida por el honor o por defender una idea de dignidad, etc.
Su voz es la de tantas mujeres calladas una y otra vez o desaparecidas tras la sombra de esas figuras masculinas que una vez pareció que lo hicieron todo solos sin tener a nadie a su lado.
El monólogo que proponemos es un poema lírico a la memoria y a la capacidad de resistencia del ser humano en general, y de las mujeres en particular en este caso, a las desgracias y a las adversidades, si es capaz de construir un recuerdo luminoso que dé sentido a todo lo vivido.
Es también un homenaje a la belleza de la palabra para evocar la memoria y construir un nuevo pasado más rico y plural, más complejo y con más matices, y que llama desde el escenario a los fantasmas de otro tiempo para darles una nueva vida en la que poder intentarlo de nuevo.
Ignacio García
Dirección de escena y dramaturgia

