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Hamlet

Hamlet

Cuando Helena Pimenta, directora de la Compañía Nacional de Teatro Clásico, propuso a Miguel del Arco abordar un texto angular del teatro universal, este escogió Hamlet poseído por el espíritu suicida marca de la casa. El director de escena desafía el canon interpretativo tradicional para plantear una versión poliédrica y desestructurada de la tragedia de William Shakespeare, donde el respeto por el verso original no está reñido con valientes y expresivas actualizaciones.

Siete intérpretes, una cama, proyecciones en vídeo y una cortina que se abre y se cierra indistintamente le sirven a Del Arco para reescribir la historia del traicionado y atormentado príncipe danés. Y lo hace al servicio de una puesta en escena heterodoxa, tenebrosa y de profundo calado psicológico, capaz de transmitir todo el dolor, el terror, los impulsos homicidas y el ansia de venganza de nuestro desconsolado y atormentado protagonista, un Israel Elejalde a pecho descubierto que deambula con sus contradicciones y fantasmas interiores por un escenario que, a ratos, podría funcionar como una prolongación de su propia mente. Porque Hamlet abraza la locura y la ironía como las formas más nobles de dar sentido a su existencia, aun cuando eso suponga renunciar al amor verdadero, rebelarse contra un nuevo monarca, repudiar a una madre que ya no reconoce como tal o batirse en un duelo de esgrima florete en mano. “Me muero, me muero. Estoy muerto”.

Con su sobrecogedora carga dramática, Hamlet va un paso más allá en la línea de investigación teatral de Miguel del Arco.

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