El Kit Kat Club ocupa un lugar en la memoria de todo amante del musical, pero también de cualquier cinéfilo. Como lo ocupan las uñas pintadas de verde de la Sally Bowles que hiciera Liza Minnelli, o los números musicales de ese Emcee, maestro de ceremonias carismático que dominara Joel Grey. El musical de John Kander, sobre libreto de Fred Ebb, nos llegó a través de la libérrima adaptación cinematográfica de Bob Fosse en 1971. Era tan hipnótica que te abducía a un microcosmos abigarrado, transigente y libre mientras todo empezaba a desmoronarse alrededor. Un universo, el del Cabaret, que nos seducía hasta apropiarnos de sus canciones, hasta hacerlas lugar común en el acerbo popular en casos como «money money» o el «Cabaret» que da inicio al musical.
En Madrid, hace ya 23 años, se hizo imprescindible y famosísima, la versión del musical que se estrenara en el Nuevo Alcalá, basada en una producción dirigida por Sam Mendes (por entonces, el director del momento, tras dirigir «American Beauty») y Rob Marshall. Era una función en que el teatro se convertía en el Kit Kat Club. Esa función supuso el «nacimiento» de una estrella bien grande: Asier Etxeandía, que componía un Emcee rotundo, genial.
Pues bien, en esta temporada 2025 inició temporada un nuevo Kit Kat Club junto a la Puerta del Sol, una nueva versión de ese Cabaret inmersivo y seductor. Y ayer, este viejo pellejo («vecchio, ma robusto») que soy yo, se acercó a él con ilusión, con muchísimas expectativas de revivir el milagro, y el enorme temor de que la memoria le arrojase a las imágenes, ya elevadas a ideal, que le fascinaron hace tanto tiempo.
El Kit Kat Club que han montado en el renovadísimo teatro Albéniz es más recogido que el anterior, más acogedor, e igualmente fascinante, rico, vibrante, brillante y conmovedor. Desde la entrada al teatro, antes de la función, nos sumergimos en otro mundo, en un espacio transformado en un club que se extiende de la caja escénica al fondo del patio de butacas y que acoge a un elenco en forma, que mantiene el pulso dramático de la historia y da brillo a la espectacularidad de una partitura muy bien interpretada. Todo es bello dentro del Kit Kat Club, del vestuario a la escenografía, de «los chicos y las chicas», a los intérpretes protagonistas: el Clifford Bradshaw de Pepe Nufrio, la vibrante Sally Bowles de Amanda Digó o la maestra de ceremonias Emcee que compone una Abril Zamora que está fantástica, y un elenco en la misma línea, que van transitando desde el hedonismo y la evasión del inicio vibrante, hacia el final más sobrecogedor. Tan sobrecogedor y oscuro, que da pudor aplaudirlo.
Un fantástico espectáculo, un clásico del género en una versión fantástica que disfruté con la fascinación de la primera vez que me acerqué a esta historia. Wilkomen, Bienvenue, Hola, KitKatClub.
