“Oh capitán, mi capitán” nunca pasará de moda
Qué maravilla es volver a la adolescencia y que una obra de teatro nos lleve a otra época y a un momento de la vida en el que todo es posible. Sólo por eso, revisitar esta historia en cualquier formato ya merece la pena.
Aunque, qué difícil es la adaptación de una película tan espectacular y legendaria a una obra de teatro. Los que somos fans de la película vamos con muchísimas expectativas y a veces no es fácil cumplirlas. Quizá eso es más nuestra culpa que la de un equipo que trabaja a destajo y con entusiasmo desbordante, claro está. Tiene muchos aciertos y algún que otro aspecto mejorable que, de nuevo, tal vez sólo se ve si tienes demasiado presente la película.
No falta ni falla ni una sola escena de las recordables dignas del Oscar que se llevó a mejor guión en 1990 (¡Y cuyo guionista, Tom Schulman, estaba en la sala anoche!) y eso es, entre otras cosas, lo que el fan espera. Mi cabeza se adelantaba a los diálogos que unos jovencísimos actores interpretan con mucha soltura, como si llevaran toda la vida y no fuese el día del estreno, a los protagonistas de esta historia. Juanjo Artero se pone en la piel de un profesor Keating cuya voz nos inspira y nos emociona, tanto a nosotros como a sus alumnos.
Sí que echo en falta un poquitito más de ritmo, porque lamentablemente todo va rápido ya en estos tiempos, pero el texto, la escenografía, la música… desde aquí mi enhorabuena a todo el equipo. De nuevo: siempre merece la pena revisitar una historia que hable de poesía, de vocación y de carpe diem.