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Esperando a Godot: La espera sin esperanza

Esperando a Godot
16/12/2019

Esperando a Godot o cómo pasar el tiempo en medio de una existencia vacía es una de las obras magistrales del teatro del absurdo y sin duda una de las más brillantes creaciones de la producción dramática de Samuel Beckett.

El tema de la pseudopareja que transmite esa relación de amor-odio que implica a su vez una relación de poder se mantiene muy vigente en esta versión producida por Pentación Espectáculos interpretada por Alberto Jiménez y Pepe Viyuela de forma brillante. Ellos dan vida a Vladimir y Estragón respectivamente quienes mantienen también la dialéctica del amo y del esclavo que ya planteó Hegel. Los dos actores con eficacia y maestría representan la rumia, ese pensamiento en espiral que permite avanzar a partir de oposiciones. Magnífica representación del oxímoron.

La escenografía de Paco Azorín está concebida totalmente a favor del hecho escénico: la indefinición espacial.  La representación del árbol que se verá alterado por su propia mudanza y la presencia de las vías en el camino por el deambulan los protagonistas mantiene la esencia de Beckett. Por un lado, dos personajes que están puestos ahí sin más. Y, por otro lado, el tiempo. Ese juego entre la aparente inmovilidad y el anochecer abrupto es toda una constante en la que los juegos de luces resultan decisivos. Esta acción es la que refleja el ritmo de la obra. Y con ello, la permanencia puesto que no existe ninguna certeza temporal.

La disposición de los dos actos es fundamental: cada acto responde de manera inversamente simétrica. Cada acto está en espejo con el otro. Esto se ve muy bien reflejado en las escenas de Pozzo y Lucky que están totalmente invertidas. Fernando Albizu y Juan Díaz hacen de su inigualable aparición y solvente interpretación, una representación dentro de otra que sucede al mismo tiempo.

El principio de incertidumbre domina todo el montaje escénico y da vida al microcosmos ficcional gracias a una dirección de Antonio Simón que se mantiene fiel al texto y espíritu beckettianos. La vida es la espera de algo que nunca termina de llegar. El tiempo y su dilatación a través de personajes que no tienen nada que hacer. Esa sensación de taedium vitae que encierra la espera incumplida brilla en una propuesta escénica valiente, llena de esperanza que no debes esperar a disfrutar.

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