La omisión de la familia Coleman es una obra potente y profundamente humana que expone, sin filtros ni concesiones, los engranajes de una familia disfuncional. Sobre el escenario se despliegan personajes atravesados por la carencia, el abandono, la ironía y el humor como mecanismo de supervivencia, construyendo un retrato tan crudo como reconocible.
La obra pone en evidencia los prototipos familiares y, a través de sus vivencias cotidianas, demuestra que en el ser humano conviven sentimientos diversos y contradictorios: amor y rechazo, ternura y violencia, deseo de huir y necesidad de pertenecer. Todo sucede en un delicado equilibrio entre lo trágico y lo cómico, logrando que el espectador ría y se incomode casi al mismo tiempo.
Es una experiencia teatral intensa, honesta y necesaria, que interpela desde lo íntimo y deja resonando preguntas mucho después de que cae el telón. Altamente recomendable para quienes buscan un teatro vivo, incómodo y profundamente verdadero.
Cabe destacar el admirable trabajo de cada uno de los actores y actrices que están tan presentes en el aquí y ahora, tan metidos en las circunstancias dadas y tan conectados con el universo de cada personaje que hacen que se despliegue un juego digno de verdad emotiva.
Respeto, sensibilidad y empatía en lo sagrado de cada escena. Stanislavski aplaudiría de pie al igual que todo el público presente lo hizo ayer en el Teatro Infanta Isabel.
