Reencontrarse con una obra de teatro es similar a reencontrarse con una vieja amiga a la que no ves desde hace tiempo: os ponéis al día comprobando cómo cada uno de vosotros ha cambiado. Hace tres años pude ver “La omisión de la familia Coleman” en la sala Timbre 4 de Buenos Aires. En aquel momento tuve la sensación de asistir a lo que se había instaurado como un clásico contemporáneo en Argentina, después de casi 20 años en cartel. Ha sido un gusto reencontrarse tanto con la misma obra como con (prácticamente) el mismo elenco. La obra mantiene la esencia del montaje original, con una puesta en escena sencilla, que deja espacio a la palabra, al desarrollo de los personajes y su histrionismo y, especialmente,a las relaciones que se dan entre ellos. El texto no ha perdido vigencia alguna, sigue resonando con las mismas preguntas que me planteó hace tres años: ¿qué une férreamente a una familia siempre al borde del colapso? No deja de ser interesante comprobar cómo es posible que el texto siga impactando, sin importar la ciudad, el país o el año, manteniendo un sentido del humor ácido que no pasa de moda y ante el que es imposible escaparse. Tengo la certeza de que seguramente dentro de otros tres o cuatro años, tendré la oportunidad de volver a la familia Coleman y volveré a percibir que el montaje no ha quedado obsoleto porque la familia disfuncional que retrata funciona dentro de nosotros.
Una familia en contra de la obsolescencia
La omisión de la familia Coleman
A partir de 16,00€
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