Abordar con honradez y claridad la cuestión de la muerte sigue siendo todavía una de las grandes cuentas pendientes de Occidente y uno de los temas que más conflicto interno nos genera. Gran parte de la responsabilidad de no ser capaces de dejar de vivir de espaldas a la muerte o considerándola un tabú recae sobre la cultura judeocristiana que atraviesa nuestra historia. La herencia pesa, pesa tanto que ni siquiera podemos cargar con una mochila que no sabemos si acaso nos pertenece o por dónde debemos empezar a vaciarla.
Ni flores, ni funeral, ni cenizas, ni tantán es una historia inspiradora de superación, ternura y humanidad impregnada de humor, emoción y conciencia social. La Dramática Errante nos ha regalado un espectáculo que nos invita a emprender un viaje que nos empuja a aceptar nuestra condición mortal como parte de la vida para afrontarla con alegría.
Tanto la forma como el fondo de la propuesta ejercen un conmovedor efecto terapéutico. Cualquier persona que haya tenido que enfrentarse a una circunstancia de enfermedad, duelo o simplemente se sienta abrumada o en conflicto con la muerte seguramente experimente una catarsis doliente y liberadora, al mismo tiempo que reciba un abrazo de consuelo. Como persona hipocondríaca y aprensiva confesa, he vivido este espectáculo con muchísima gratitud, ya que el inestimable ritual que envuelve al hecho teatral adquiere en esta obra una función conciliadora y sanadora con nuestros miedos más desgarradores.
El espectáculo invita a recorrer un camino luminoso hacia la aceptación: aceptar el sufrimiento y la injusticia inherentes a la propia vida, la impotencia, la angustia, la ansiedad, la aparición de la enfermedad, la empatía y el saber acompañar en la medida en que la persona enferma quiere y necesita; aceptar dejar ir, llegar a ser capaz de abrazar la certeza irreversible de la muerte desde el asentimiento. Aprender a hacerlo, o al menos intentarlo, sin miedo y, sobre todo, sin culpa. Una obra que no juzga, que se detiene en la escucha y que no se esfuerza en absoluto por dramatizar algo que en sí mismo el ser humano ya ha concebido, vivido y padecido como una tragedia.
De nuevo, el tándem Goiricelaya-Pikaza, alma de La Dramática Errante, apuesta por un teatro con una honda raíz social y humana que nace de las entrañas; un teatro comprometido con su tiempo que interpela, sacude y deja una impronta en quien lo recibe. Un reconocimiento especial merece el magnífico trabajo de interpretación de Ane Pikaza que es sencillamente sobrecogedor: marcado por los matices y una admirable precisión transita por emociones intensas totalmente contradictorias con una naturalidad apabullante; su verdad te atraviesa, conectas y te ves arrollado por su autenticidad de principio a fin. Gran parte de la proeza nace de la pluma de María Goiricelaya que ha creado un personaje complejo y completo con matices que se exploran en profundidad y que rebosa fuerza y humanidad. El resto del reparto brilla en equilibrio y talento: desde un veterano Patxo Telleria que ha construido con aplomo y honrada fragilidad a Santi, quien vive en pugna constante consigo mismo y con la vida ante su diagnóstico, hasta la comicidad más descarada y cómplice de Egoitz Sánchez, el desenfado y carisma de Idoia Merodio, el magnetismo de Aitor Borobia o la elegancia y desparpajo de Loli Astoerka. El conjunto sostiene la propuesta con destacada solidez y entrega.
Para satisfacer la naturaleza dinámica, vitalista y genuina de la dramaturgia, la puesta en escena lo apuesta todo a la víscera, la emoción y la naturalidad sin perder nunca de vista la reflexión crítica. El tratamiento de la realidad sanitaria y en concreto de los cuidados paliativos es abordado con una mirada objetiva que incide en la precariedad y, por lo tanto, en la necesidad de atención que requiere nuestro sistema público de salud. Además, abre el debate ético sobre qué significa e implica el derecho humano a elegir tener una muerte digna, que todavía no tenemos completamente aceptado ni integrado en la realidad ni social ni sanitaria.
El humor es empleado con inteligencia y acierto para aliviar el dolor de lo que nos cuesta asimilar y entender, contraponer de manera hermosa sentimientos y pensamientos tan contradictorios como humanos y para no despojar a la vida de su belleza intrínseca como el regalo más preciado que los humanos hemos recibido y que, a veces, parecemos olvidar o dar por sentado. Una obra que celebra la vida y que acentúa la importancia de vivirla con plenitud.
Las proyecciones se convierten en un personaje más que nos lleva de verdad de la mano por el Camino de Santiago; un recorrido inmersivo y muy hermoso que nos muestra un friso sociológico y que incide en el significado de la vida como un camino que tiene un principio y un fin. Pero lo que de verdad nos crea y nos transciende es el viaje, el trayecto, y cómo decidamos y nos permitamos encararlo y disfrutarlo.
Ni flores, ni funeral, ni cenizas, ni tantán es una obra que es urgente que vivamos; es un espectáculo necesario, desafiante, verdadero, espléndido, doliente, reconfortante como lo es nuestra vida y por consiguiente también la muerte. Abrazar nuestra finitud nos permite acercarnos a la esencia que dota de plenitud nuestra existencia.
