EN LOS TEATROS DEL CANAL

¿Qué te da más miedo: la violencia explícita o la capacidad humana para acostumbrarse a ella?

‘Cucaracha’ convierte un aula en el reflejo de un mundo atravesado por la violencia y se pregunta si la educación aún puede salvarnos

La Sala Verde de los Teatros del Canal acoge el estreno en Madrid de Cucaracha, el nuevo montaje dirigido por Julián Fuentes Reta que podrá verse del 20 al 28 de junio. La propuesta reúne sobre el escenario a Esther Acebo y Hiba Abouk compartiendo papel protagonista y a Julio Peña, Lucía Diez, Miriam Queba, Nakarey y Javier Amann. Una obra que combina tensión política, conflicto generacional y reflexión urgente sobre el papel de la educación en tiempos de violencia. Es decir, en cualquier momento histórico.

En Cucaracha, la dramaturga escocesa Sam Holcroft sitúa al público en un aula atravesada por una guerra (denominada la Guerra Justa) que, poco a poco, deja de ser un rumor lejano para instalarse en la vida cotidiana de sus personajes, ya que los chicos son llamados a filas. Así, la obra se convierte en una clase de biología a la vez que en un inquietante campo de batalla emocional donde la educación, la juventud y la violencia chocan de forma inevitable. Con una puesta en escena austera y visceral, se plantea una pregunta tan incómoda como urgente: ¿Puede la educación salvarnos en un mundo atravesado por la violencia? Sobre esta pregunta y otras, reflexionamos junto a su director en esta entrevista durante los ensayos de la obra.

¿Cómo has trabajado la presencia de la violencia en esta puesta en escena?

Partimos de una premisa fundamental: la violencia no se puede maquillar, porque el objetivo es manifestarla para lograr una catarsis a través de su representación. Nosotros estamos contando un cuento para que la gente lo pueda disfrutar y que no se asuste; el objetivo no es que lo pase mal ni hacer una cosa sobrecogedora. Como pasaba en las obras del Siglo de Oro, hay mucho ruido y mucho estruendo. De hecho, la primera escena es muy interesante porque marca el código. Tiene mucho ruido y destrozo, pero poco a poco te vas dando cuenta de que hay más. Estamos trabajando en eso, en que las primeras escenas sirvan de código, de tranquilidad. Y una vez quitado ese ruido, empecemos a ver lo que hay detrás, la historia. Todo lo que hacemos tiene una consideración, primero, de seguridad de cara a la gente que está trabajando. Y también de disfrute catártico de ese acto de ver representada la violencia para poder imaginarla, pero no verla. Nos lo estamos pasando muy bien también porque hay un componente de juego que es muy divertido.

Cucaracha en los Teatros del Canal

‘Cucaracha’ es una obra de Sam Holcroft, dirigida por Julián Fuentes Reta

Señalas que necesitabas montar esta obra “por diálogo generacional”. ¿Qué te interesa contar hoy sobre esa juventud que protagoniza Cucaracha?

Lo primero es que esta obra nace por mi implicación de conocer a Nakarey y Javier Amann, a los que les di clase hace 10 años, y de mantener un diálogo. Siempre hay una imagen de que las posiciones de poder se adquieren con la edad, por lo menos en este país. Y ahora, que estoy en los 40 y todos casi ya, pienso que cuando eres más joven, tienes tendencia a mirar a tus mayores con respeto. Eso está muy bien, pero llega un punto en el que tú ya puedes mirar también a los que vienen detrás. Entonces, creo que hay una necesidad de tener ese diálogo tanto con los mayores como con las personas jóvenes, ya que se puede aprender mucho de todos.

Nuestros mayores vivieron el franquismo, la transición y un montón de cosas muy duras y considerables, pero, a veces, noto que nos estamos olvidando de que hay una generación que ha crecido con la caída de las Torres Gemelas, con una pandemia mundial, con este ambiente de guerra y beligerancia que tenemos. Se habla de que la juventud se escora en la derecha, como si fuera algo que no nos compete y con lo que no tenemos que dialogar. Y creo que, desde el punto medio de los cuarenta y muchos y los cincuenta y pocos, tenemos que hablar con esta nueva generación porque al final es la que va a heredar todo esto, queramos o no. No nos podemos quedar ahí agarrados a esas posiciones de poder. Hay que esforzarse por mantener el diálogo a todas las bandas, todo el rato, y afrontar que ese relevo tiene que darse, que se va a dar de manera natural. Y que no podemos dejar tampoco a esa generación que viene esperando a que los anteriores se mueran porque entonces no hay un traspaso, y de hecho puede pasar que, si no hay un traspaso y una comunicación, se repitan exactamente las mismas cosas que nuestros mayores han sufrido.

La obra retrata a adolescentes convertidos en “material de guerra”. Además de fijarte en el texto de la obra, ¿has tomado referencias también de la realidad?

Sí. Esta obra está escrita en el 2008 y es increíble que hable de todo esto que tenemos en 2026. Lo que pasa es que, como ciudadanos y ciudadanas, ya tenemos un banco de imágenes muchísimo más grande ahora sobre lo que puede pasar, sobre lo que está pasando, sobre el temor de que el conflicto llegue a Europa, la sensación de que está muy cerca… y esto incluso es algo que provoca una cierta paranoia. Espero que esta obra sea lo que tiene que ser: una oportunidad para soltar el miedo todos juntos y poder reírnos, porque hay situaciones muy divertidas en la resiliencia del ser humano. También las hay terribles, por supuesto, pero el enfoque no es echar nada en cara. Creo que todos tenemos un nudo en el estómago y que, a través del teatro, podemos vivir una catarsis griega de toda la vida.

¿Qué simboliza para ti esa profesora empeñada en continuar el temario mientras todo se desmorona? ¿Es una heroína o una ilusa? ¿Cómo la ves tú?

Yo creo que el sistema capitalista y liberal tiene el problema básico de no contemplar las profesiones vocacionales. Todo tiene que tener una funcionalidad. Hay gente, como médicos, profesores, trabajadores sociales o profesionales que trabajamos en cultura que tenemos un problema fundamental y es que lo haríamos gratis. Y eso es terrible, en el sentido de que nuestro trabajo no tiene valor. Esta profesora es esa persona que va a trabajar porque hay algo de ese trabajo que es parte de su identidad. No creo que sea una heroína, pero sí que como tantos otros profesionales vocacionales, que sostienen la sociedad, va a trabajar porque debe y porque si no va, algo se pierde para siempre. No es una heroína, pero sí que es una grieta en el sistema capitalista. Muestra una evidencia de que todo en la vida no tiene un valor material y de que el contacto con otros seres humanos produce una felicidad y un sentido de propósito tremendo.

¿Hay amor en esta obra? ¿Aparece la esperanza dentro de Cucaracha?

Uy, muchísimo. Hay un hecho en el que yo personalmente creo fervientemente y es que, por mucho que nos hayan contado esta cosa distópica (por la vivencia de la pandemia, del apagón y del tono alarmista), es irrefutable que en el momento en el que hay una tensión la gente se une. Lo que he vivido yo es que cuando hay un momento de tensión, la gente saca la dulzura, el amor, la solidaridad, el humor. El humor para combatir el miedo. Estoy curado de espanto, y creo que, como yo, también la generación anterior. Hay una cantidad enorme de amor en esta obra porque cuanto más aprieta el sistema de opresión, más amamos los seres humanos. Además, esto se ve incluso en lo que nos llegan de los conflictos; cómo las familias se aman, cómo la gente lucha por sus hijos, por sus parientes, incluso por desconocidos y desconocidas, que son simplemente gente, otros humanos y humanas que están ahí. Y la razón es que tenemos esta capacidad maravillosa que es la empatía. Hay una corriente de amor debajo de todo lo que pasa en la obra, a pesar de todo lo terrible que les ocurre, que es atronadora.

¿Qué te da más miedo: la violencia explícita o la capacidad humana para acostumbrarse a ella?

Es una gran pregunta. La resiliencia ha sido algo muy citado, pero también tiene el peligro de aceptar esto y movernos por debajo. El otro día justo hablábamos de otras dos grandes capacidades que tenemos que son la resistencia y la desobediencia. Y yo creo que, si hay un sistema que nos lleva al absurdo, en el que no podemos empatizar, por supuesto que la resiliencia es importante y sería el fondo del vaso. Aunque oprimas, machaques y destruyas a un grupo de seres humanos, al final van a vencer. Siempre vencemos; la vida debe continuar y la muerte no puede vencer porque los niños nacen y hay que cuidarles. Pero sí que es cierto que, quizás, la desobediencia y la resistencia tengan que empezar a estar también en el vocabulario.

Cucaracha en Teatros del Canal

Esther Acebo y Hiba Abouk se intercalan el personaje protagonista de la obra

En un encuentro reciente entre Javier Cercas y Miquel Barceló, el primero decía: “La literatura es un placer, como el sexo. Cuando alguien me dice que no le gusta leer, le doy el pésame”. ¿Dirías lo mismo del teatro?

Sí, el teatro es en sí mismo ese acto de resistencia y de desobediencia, todo junto. Hacer teatro es una locura. Es como la profe de la obra. Sentido mucho no tiene, lo digo porque, por ejemplo, no tiene una gran compensación económica. Incluso para la gente que haga mucho, la verdad es que, comparado con otros sectores, como las tecnológicas, no tiene nada que ver. Y luego es un acto en vivo, un acto de reunión. Por eso los sistemas totalitarios enseguida prohíben el teatro.

Hay algo en el teatro que también cuesta aceptar, pero resulta ser algo inherente a los seres humanos, y por mucho que se quiera decir que la cultura no sirve para nada, se trata de contar historias, de recibirlas y estar juntos, escuchándolas, como otras manifestaciones, como el cine.

Por otro lado, a la vez entiendo que la gente no va al teatro porque es una cosa como de nicho. Pero sí que es cierto que es algo que te permite vivir más feliz. Cada uno tendrá sus estrategias; hay quien escuchará música, quien leerá o no leerá, pero la cultura es imprescindible para la felicidad. Es un acto de opción cultural, de tener el alma contenta. Para mí, el teatro es un laboratorio social y lo bueno es que cuanto más se recorta, más se exprime y más se circunscribe a hacer cosas blancas, más libres somos, porque total, como ya no tenemos ni que ganar dinero, vamos a hacer lo que nos dé la gana absolutamente.

Examen sorpresa final:

¿Qué alumno eras: primera fila, última fila o “presente en cuerpo, ausente en espíritu”?

Presente en cuerpo y ausente en espíritu.

¿La asignatura que mejor se te daba y la que más temías?

Historia, la que mejor, sin duda. Y la que me costaba mucho es Matemáticas.

¿Algún profesor o profesora que recuerdes especialmente?

Pues sí, me acuerdo perfectamente del cole de la señorita Gloria, que fue una profe de Lengua y Literatura, una de las primeras que me hizo entender que había una belleza en contar cosas y la recuerdo con muchísimo amor. Me hizo aprender a apreciar lo que había en los libros de una manera artesana y flipé, me abrió el mundo. Y luego también del instituto, Querol, un profe de matemáticas que consiguió que aprobara. Y se lo curró muchísimo.

¿Alguna vez copiaste en un examen?

Sí, sí, sí. En mates lo he intentado, pero no lo lograba. En los exámenes de latín, sí. Pegaba unas copiadas… ¡me aprendí La guerra de las Galias de memoria! Y, al final lo pagué porque me pillaron y, del susto, estuve tres días en casa con 40 de fiebre, creo que de la de la decepción que en este momento tuve incluso conmigo mismo.

¿Eras de subrayador fluorescente y apuntes perfectos o del “ya me lo miro luego”?

Era de subrayar, sí, pero de subrayar de una manera muy personal. Siempre he sido de hacerme esquemas y soy el rey de los esquemas. Me lo traducía todo a dibujos, esquemas, cuadrados, líneas, rayas… y yo así me entendía. Pero luego, además, no se los podía pasar a nadie porque nadie lo entendía. Eran muy personales.

¿Qué tiene más tensión dramática: un estreno teatral o cuando un profesor decía “sacad una hoja en blanco que hoy hay examen sorpresa”?

El día que el profe te dice sacad la hoja, o sea, sin duda. En la noche de un estreno, ya eres un joven adulto o estás un poco maduro, pero las cosas que se viven cuando eres preadolescente o adolescente, esas emociones, no se vuelven a vivir.

Si pudieras darle una nota al sistema educativo actual, ¿cuál sería?

Desde un punto de vista estructural, creo que, por supuesto, lo aprobaría, pero diría que continuamente necesita mejorar. O sea, que vamos con un aprobado y con un NM (Necesita mejorar). Pero sin perder nunca la fe.

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Escrito por
Foto Amanda Hernández Cifuentes

Me siento más a gusto en el teatro que en mi casa.

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