En tiempos en los que la palabra bullying se ha vuelto habitual en titulares, el teatro sigue teniendo una capacidad única para ponerle cuerpo y alma a aquello que muchas veces preferimos no mirar de frente.
La obra Invisible, que ha puesto en pie La Joven Compañía y puede verse hasta el 5 de abril en Teatro de la Abadía, lo hace con una decisión clara: colocar a los adolescentes —y también a quienes los rodeamos— frente a un espejo incómodo.

Imagen de ‘Invisible’ de LaJoven.
Uno de los mayores aciertos de la obra es el elenco, que sostiene la historia con una naturalidad que desarma. Sus interpretaciones transmiten fragilidad, miedo, complicidad y también la desconcertante normalidad con la que el acoso puede instalarse en la vida cotidiana.
El enfoque de la obra hace reflexionar sobre el germen, ya que muchas veces la violencia nace de heridas previas. Quien hiere no siempre lo hace desde la fuerza, sino desde una mala gestión emocional, desde un dolor que no ha encontrado otra forma de expresarse. La obra sugiere que algunos acosadores fueron antes víctimas de otras violencias —familiares, sociales o emocionales— y que ese daño, cuando no se mira ni se atiende, puede terminar reproduciéndose. No es una excusa, pero sí una advertencia: comprender el origen de ciertas conductas puede ser también el primer paso para romper el ciclo.
El ritmo de la puesta en escena contribuye a esa sensación de urgencia gracias a la dirección de José Luis Arellano. La obra avanza con agilidad, sin perder tiempo en subrayados innecesarios, y mantiene una tensión constante que impide acomodarse en la butaca. Cada escena funciona como una pieza más de un mecanismo que conduce al espectador hacia una reflexión inevitable: ¿cómo es posible que algo tan visible termine siendo invisible?
Ahí resuena una de las ideas más poderosas que atraviesan la función y que destaca el dramaturgo Josep Maria Miró: “a veces miramos pero no vemos”. La obra invita precisamente a lo contrario: a detener la mirada, a observar con más atención esos pequeños gestos, silencios o anomalías que pueden delatar que algo no va bien. El acoso escolar rara vez irrumpe de golpe; suele crecer en los márgenes de lo cotidiano, en aquello que nadie se detiene a examinar.
En este sentido, resulta especialmente valioso el tratamiento cercano que propone el director adjunto de la Joven, Pedro Sánchez, que introduce la obra al inicio y vuelve a aparecer al final para tender un puente directo entre escena y público. Ese gesto rompe la distancia habitual del teatro y convierte la experiencia en algo más que una representación: es casi una interpelación. Como si, al terminar, nos pasara el testigo en una carrera de relevos y nos recordara que lo que ocurre fuera del escenario también depende de nosotros.
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