Presente continuo

Álvaro Tato
El teatro pliega el tiempo porque nos reúne en un rato de vida, nos pone a jugar juntos. // Foto: Jon Tyson (Unsplash)

El teatro pliega el tiempo porque nos reúne en un rato de vida, nos pone a jugar juntos. // Foto: Jon Tyson (Unsplash)

Venid, mortales, venid
a adornaros cada uno
para que representéis
en el teatro del mundo.

        Calderón de la Barca, El gran teatro del mundo

De pequeños jugábamos en la calle, en la plaza, allí donde jugaron nuestros padres y abuelos y sus padres y abuelos. Hasta que caía la noche éramos indios y vaqueros, polis y cacos, héroes y villanos, en el juego más sencillo y profundo que practica nuestra especie desde siempre: el de ser otros en un ahora concreto, un presente que nos cambia, que nos permite adoptar nuevas formas de entender la realidad.

En el teatro, como en la danza, la música en directo y las demás artes del presente, aún es posible apagar las pantallas, prestar atención en grupo, permanecer a la vera de los demás, convivir con otros. El teatro, en su presente continuo, nos permite preguntar en concreto, sin demoras ni elementos diferidos, y formular preguntas en presencia real y física de otros seres humanos, es decir, en asamblea. El teatro es tan rotunda y maravillosamente analógico como el libro o la rueda. En la plaza teatral, cada noche, cada función, ante un grupo más o menos amplio pero siempre limitado de espectadores que escucha y presencia en riguroso directo, sucede la vida. Un rito tan valioso como siempre pero quizá más necesario que nunca.

Cada vez más conectados pero más solos, más cabizbajos ante nuestros retablillos de mano, más volcados en los laberintos de la autoexplotación, de la perpetua crisis y de la continua incertidumbre global, presenciamos y padecemos la sucesión de pandemias, guerras, injusticias, desastres climáticos, corrupciones y conflictos mientras las escasas certezas se disuelven en una borgiana pálida ceniza vaga/ que se parece al sueño y al olvido. La alta tecnología informática nos sume en su fantasmagoría cotidiana; a la vez una ventana asombrosa y un vicio adictivo, a la vez una herramienta (casi) desconocida y un arma anónima. Por eso necesitamos juicio crítico, perspectiva, lucidez, voces de sherpas, guías de desfiladeroy también la bendita locura de los jokers, fools, bufones, juglares, comediantes: portadores de nuevas preguntas. El teatro es una plaza de preguntas, un espacio de duda donde aún cabe la disidencia, la ética y la moral, la interrogación sobre el poder, sobre la conducta individual y social. En un siglo sometido a la hipervigilancia tiránica de las pantallas, de las reses sociales a menudo hostiles a la divergencia y sordas por el estruendo de los yoes inmersos en la cultura del ocio, en la catarata de información y en la sequía de educación, el teatro se revela como una plaza donde reencontrarnos con nuestros padres y abuelos y con sus padres y abuelos… y con nosotros mismos.

El teatro es un puente de tiempo. Trae el pasado al presente y llevará nuestro presente a otros futuros. El teatro salva los abismos de los siglos, nos trae intactos nuestros sueños como recién creados: allí nos espía Macbeth y en su cuchillo ensangrentado se refleja nuestra ambición; allí nos grita Medea a lomos de su dragón de magia primitiva y en su voz resuena nuestra rabia; allí nos burla don Juan y su oscura sonrisa ilumina nuestro deseo secreto de desafiar a la ley, a los dioses o a la mismísima muerte; allí se ríen Arlequín y Colombina de nuestra ridícula eternidad.

El teatro pliega el tiempo porque nos reúne en un rato de vida, nos pone a jugar juntos. Es sencillo pero no simple; parece un juego pero en él nos jugamos nuestros nombres. Dijo María Zambrano, esa lúcida ciudadana del exilio, que no nos basta con recordar, es decir, traer a la memoria; necesitamos revivir, volver a vivir de nuevo, ante nuestros ojos, con nuestros propios cuerpos y conciencias, en este presente de hoy, las alegrías y tristezas, las catástrofes y apoteosis, las tragedias y comedias que una y otra vez repetimos de forma personal y colectiva en el ciclo sin fin de nuestra especie. No basta con el recuerdo ni con la información; ni siquiera es suficiente la memoria diferida de pantallas, páginas, lienzos o estatuas. Necesitamos, una época tras otra, descubrirnos junto a Edipo, negar junto a Antígona, dudar junto a Hamlet, temblar junto a Julieta, soñar junto a Segismundo, marcharnos junto a Alceste o Nora… Todos ellos sombras cristalizadas de nuestros propios miedos, anhelos, aciertos y errores que habitan los cuerpos mortales de los intérpretes.

Así denomina Nancy Huston a estos primates en vías de autoextinción conocidos como seres humanos: la especie fabuladora, una tribu desnuda que logró sobrevivir gracias a su red de mitos, leyendas y cuentos que tejen sociedades e idiomas, fundan y destruyen civilizaciones, erigen y derrocan imperios y avanzan y retroceden en la niebla de sus contradicciones. El teatro es el hogar natural de nuestros sueños, el círculo donde nuestras ficciones nos calientan e iluminan. Los seres humanos encendemos la hoguera de nuestra imaginación rodeada por la noche infinita. En ese rato de vida, de reunión, de ser nosotros, podemos sentirnos menos solos. O, como cantábamos en El banquete (CNTC, dir. Catherine Marnas y Helena Pimenta, 2018):

Las vidas que no vivimos
bailan en torno a la hoguera;
frente a la lumbre encendida
nuestras máscaras nos sueñan.
En el círculo de fuego
la tribu sueña despierta:
bajo el suelo las raíces,
sobre el cielo las estrellas,
y el tiempo gira que gira
y el mundo rueda que rueda
y la tribu se imagina
que baila una danza eterna.
Que se fundan nuestros cantos
tejiendo risas y penas,
que la sombra nos dé nombre
y que la muerte se muera.

(Versión revisada y corregida del discurso pronunciado en el Napoli Teatro Festival. Fondazione Made in Cloister, Nápoles, 19 de junio de 2019)

Un artículo de Álvaro Tato con motivo del Día Mundial del Teatro 2022.

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