En Constelaciones, el texto de Nick Payne que dirige Peris-Mencheta y ahora resuena en el Centro Dramático Nacional hasta el 29 de marzo, la teoría cuántica deja de ser una abstracción científica para convertirse en una experiencia íntima. Lo que en boca de una física podría parecer un juego intelectual —la existencia simultánea de múltiples universos— se traduce aquí en algo mucho más cotidiano y perturbador: cada palabra que decimos abre una posibilidad; cada silencio clausura otra.

Imagen de ‘Constelaciones’ de Sergio Peris-Mencheta.
En esta versión, hay un elemento que sostiene y expande el sentido de la obra: la música en directo. No como simple acompañamiento, sino como materia dramática. En mi caso, tuve el privilegio de asistir al gran manejo de la escena que tiene Litus Ruiz.
En Constelaciones, la repetición de escenas con pequeñas variaciones no solo afecta al texto; también afecta al pulso. La música en vivo respira con los intérpretes, subraya la tensión de una frase apenas modificada, dilata un silencio o nos deja en el sonido del coma ante una catástrofe personal, como es la infidelidad de la persona que amas. Es, en definitiva, un organismo más en escena que se integra y enriquece el conjunto.
Uno de los hallazgos más sutiles de Constelaciones es demostrar que no basta con repetir las mismas palabras para decir lo mismo. La intención lo cambia todo.
Un “te quiero” puede ser promesa, despedida o chantaje.
Un “está bien” puede significar aceptación o renuncia.
La obra desnuda ese territorio invisible donde se juega nuestra verdad. Y lo hace sin moralizar. Solo mostrando, repitiendo, variando apenas el acento.
En tiempos en los que la comunicación es vertiginosa y muchas veces superficial, esta pieza recuerda algo esencial: no somos responsables solo de lo que decimos, sino de cómo lo decimos. Y ese “cómo” puede alterar el curso de una vida entera.
Puedes ver toda la programación del Centro Dramático Nacional aquí del Teatro Valle-Inclán y aquí del Teatro María Guerrero.
