OPINIÓN

Que tengas una buena vida y no una mala muerte

'Una buena vida' es la nueva obra escrita y dirigida por Carolina África

Hace apenas unos años, Madrid aprendió a contar sus muertos con una cifra que se quedó grabada en la memoria colectiva: 7.291. Ese número, surgido de los datos de la propia Consejería de Políticas Sociales y convertido después en símbolo de los llamados «protocolos de la vergüenza», representa a las personas mayores que fallecieron en residencias de la región durante los primeros meses de la pandemia sin haber sido derivadas a un hospital. No es solo una estadística: es la prueba más dolorosa de lo que ocurre cuando la gestión política decide, en la sombra de un despacho, quién merece ser atendido y quién no. Una buena vida, la obra que Carolina África firma como autora, directora e intérprete en la Sala de la Princesa del Teatro María Guerrero (Centro Dramático Nacional), no habla directamente de aquella tragedia, pero respira en el mismo aire viciado: el de una sanidad pública que resiste a base de voluntad humana mientras el sistema que la sostiene se resquebraja por arriba.

Imagen de Una buena vida de Carolina África

Imagen de ‘Una buena vida’ de Carolina África

Carolina África tiene un don poco común: el de coger lo cotidiano, lo casi anecdótico, y pulirlo hasta que brilla con una luz que no esperábamos. Una habitación de hospital, una madre separada de su bebé recién nacida, una anciana que no habla pero grita, un enfermero que reparte su cuerpo y su tiempo entre dos camas. Con estos mimbres tan reconocibles, tan de «esto le ha podido pasar a cualquiera de mi familia», construye un costumbrismo que no se conforma con retratar, sino que excava. Ahí está su talento mayor: convertir lo ordinario en extraordinario sin necesidad de artificios, dejando que la comedia y el drama convivan, como ocurre con la realidad.

Una buena vida hace reír. Y hace reír de verdad, con esa risa que solo se permite el que conoce bien el dolor del que habla. Pero esa risa no es una vía de escape, es una trampa tierna: nos relaja para después, sin previo aviso, clavarnos el drama en el centro del pecho. Y es en ese vaivén, en esa habitación compartida donde se cruzan tres soledades, donde la función alcanza su momento de mayor verdad. Hay un instante en el que el humor se detiene, el ritmo se pausa y lo único que queda es la mirada entre los personajes. Ahí, la obra te retuerce un pellizco en el alma.

Y bajo esa emoción hay una denuncia, sutil pero firme. A través de una historia mínima y personal, Carolina África retrata sin subrayados un sistema sanitario que se sostiene, cada vez más, gracias al sacrificio individual de quienes lo habitan por dentro. El enfermero de la obra no es un personaje secundario ni un recurso narrativo: es la metáfora viva de una sanidad pública que la Comunidad de Madrid ha ido vaciando de recursos, de plantilla, de tiempo para cuidar como se merece cada paciente. Listas de espera que se alargan, plantillas exhaustas, turnos imposibles, recortes que no se ven en los titulares pero que se sienten en cada habitación de hospital. La obra no necesita panfletos ni arengas: le basta con mostrarnos a un profesional que da más de lo que tiene, que multiplica su paciencia, y una anciana que solo puede gritar su miedo, para que entendamos exactamente de qué estamos hablando cuando hablamos del «colapso sanitario».

Y aquí el trabajo del equipo artístico se vuelve decisivo. Carolina África, Jorge Kent y Ahimsa sostienen sobre sus hombros una función de hora y media en la que el arraigo a la verdad es clave. Y la consiguen. Hay una entrega física y emocional que atrapa al público desde los primeros minutos y no lo suelta, una capacidad de generar empatía inmediata, casi incómoda, con tres personas que podrían ser cualquiera de nosotras, o cualquiera de los nuestros. Ese es el verdadero triunfo de la función: que el espectador no mire desde fuera, sino que se reconozca dentro de esa habitación de hospital, conteniendo la respiración junto a ellos.

Al final, Una buena vida nos deja una certeza incómoda: la línea entre tener una vida digna y una muerte indigna no la traza el azar, sino el presupuesto. La inversión en sanidad pública no es una partida contable más, es la diferencia entre que alguien muera acompañado, sin dolor y con dignidad, o que muera solo, desatendido, como un número más en una lista. Como ese 1 de los 7.291. Lo que ocurrió en las residencias madrileñas durante la pandemia y lo que sucede hoy, de forma más silenciosa, en los pasillos saturados de los hospitales públicos, son dos caras de la misma moneda: la de un sistema que necesita que alguien, en algún despacho, decida que cuidar bien a la gente es prioritario. Mientras eso no ocurra, seguirá dependiendo de profesionales como el que retrata esta obra, que sostienen con sus propias manos lo que las instituciones dejan caer. Una buena vida, al final, solo es posible si no se nos escatima una buena muerte. Y de eso, exactamente, trata esta pequeña y enorme función.

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Escrito por
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Redactora Jefa de Teatro Madrid. Estudié Ciencias de la Información en la Complutense e interpretación con la técnica Meisner y Lecoq, donde descubrí la importancia de la escucha y el potencial del cuerpo.

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