La Sala Francisco Nieva del Teatro Valle-Inclán acoge el estreno de Tinieblas, la nueva propuesta de la creadora Edurne Rubio, que podrá verse hasta el 31 de mayo. Lejos de plantearse como una obra convencional, se presenta como una experiencia escénica que desafía la idea tradicional de público. La pieza propone literalmente “perderse” dentro del teatro. De esta forma, no solo observaremos, sino que nos convertiremos en parte activa de un dispositivo que desorienta, reúne y vuelve a dispersar.

Estreno en el Teatro Valle-Inclán. Fotografía de Bárbara Sánchez Palomero
Tinieblas se articula como una narración polifónica que mezcla historias de personas que se pierden, ya sea en hechos reales o en relatos que pertenecen a la imaginación colectiva: leyendas, rumores o cuentos. Este cruce entre realidad y ficción conecta con una de las claves del trabajo de Rubio, interesada en cómo las historias individuales construyen memorias compartidas. “No sabes qué hay en esa pequeña frontera que te separa de la niebla y esta es una invitación a adentrarse en ella de manera mental, no física, porque no seguimos a las actrices hacia adentro, las acompañamos en espíritu. Es interesante para mí trabajar esa dimensión entre imagen e imaginación”, comenta.
Precisamente, uno de los elementos más llamativos del montaje es su dimensión sensorial, ya que juega con la tensión entre interior y exterior, entre el desplazamiento físico y la capacidad de la imaginación para transportarnos a gran velocidad, generando incluso vértigo. Esa dualidad convierte la experiencia en algo más cercano a un viaje que a una representación teatral al uso.
Oscuridad negra y blanca
Desde que comenzara hace 10 años a trabajar sobre las cuevas y su oscuridad, el siguiente paso que esta artista burgalesa desarrolló fue en torno a la posibilidad de trabajar sobre la niebla como una oscuridad blanca, “como algo que te impide ver lo que está justo delante de tus narices. Esta idea de que las cosas están enfrente y no las ves”, explica. En su investigación, primaba también el hecho de ver el teatro como un paisaje ya que, para ella, “no es necesario construir un decorado, sino pedir al público, ayudarle o proponerle que utilicemos también nuestra imaginación y todas las imágenes mentales que vamos acumulando a lo largo de la historia de la humanidad. Esto tiene mucho que ver con las memorias que tenemos de infancia, del campo, del mundo rural, de pinturas en las que vemos personas adentrarse en el paisaje. Entonces, este proyecto de la niebla nace a partir de una mujer que se pierde y que encuentra su camino gracias a una campana, a que sigue el sonido de esa campana”.
Sin mapas ni ubicación
El equipo artístico refuerza esta apuesta híbrida que construye un espacio invisible que sustituye a la imagen. Así, la iluminación y escenografía de Leticia Skrycky junto al diseño sonoro de Lieven Dousselaere y Sandra Vicente contribuyen a crear un territorio escénico con coordenadas propias, pero en el que no hay mapa. En escena, las intérpretes Tania Arias Winogradow y Somaya Taoufiki, con la presencia de Eva Shirlee Garcia Schulman y Hafida Tisrou, sostienen esta colección de historias sobre personas que se pierden.
No es casual que Rubio, artista visual acostumbrada a trabajar entre cine, exposición y escena, plantee aquí un formato que desborda los límites disciplinarios. Su trayectoria reciente —que incluye piezas escénicas, trabajos sonoros y proyectos en espacios no convencionales— se refleja en esta obra que invita a cuestionar algo aparentemente resuelto: en un mundo completamente cartografiado y guiado por satélites, ¿queda todavía algún lugar donde perderse?
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