Noelia Barrientos
Una opinión de Noelia Barrientos
06/02/2022

Es espeluznante ver a Angélica Liddell reducirse a cenizas en medio de la inmensidad de la Sala Roja de los Teatros del Canal. En esta segunda parte de la historia que relata la pérdida de su padre, – y después de una descafeinada Terebrante, presentada en la pasada edición del Festival de Otoño -, la escritora y artista conseguía construir un relato tan alegórico, como a veces incomprensible si no conoces la profundidad de su trabajo, que pellizcaba, revolvía y podía conmover (en ocasiones) al espectador. Con un texto esclarecedor y una belleza escénica digna de una cuadro del renacimiento, la pieza avanzó a paso firme en sus dos horas de recorrido poniendo (una vez más) el sello de autenticidad irrefutable de la Liddell.

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