Ver Cabaret es una experiencia por muchas cosas. Por la ubicación, por la propuesta, por la puesta en escena… pero, sobre todo, por la historia que cuenta.
El Teatro Albéniz se convierte en el Kit Kat Club: entras a un espacio con moqueta roja, con mesas y sillas. Y con una orquesta anunciando que allí vas a vivir algo único. Compartes mesa con desconocidos. Y las actrices están allí, con una sonrisa, recibiéndote. Es una sensación maravillosa.
La puesta en escena, con los actores entre el público, es impresionante: ¿cómo pueden medir tanto sus movimientos y sus coreografías para mantener el rigor y no chocarse con nadie? Es un trabajo actoral muy valorable. Además, sus voces y sus actuaciones son precisas y preciosas. Amanda Digón da vida a una Sally Bowles hipnótica e imprevisible. Pepe Nufrio es un Clifford Bradshaw entrañable y genial. Patricia Clark y Tony River son una pareja de ancianos divertida y bonita, y tienen unas voces espectaculares. Abril Zamora es brutal, en todos los sentidos de la palabra, y cuantísima valentía demuestra poniendo al servicio de la obra su propia vulnerabilidad. El resto del elenco (aquí tienes la ficha completa) hace un trabajo impecable.
Siento que el espacio podía haberse aprovechado más: si lo anuncian como un 360º tal vez podría usarse el espacio no solo en un escenario frontal, en el que entra y sale la escenografía. Creo que la experiencia podría ser mejorable si no todo ocurriera siempre ahí delante, y todo el público tuviera la oportunidad de tener a los actores, al menos en algún momento, a menos de un metro de distancia.
Pero lo más impresionante de la propuesta es su final. No voy a hacer spoiler, por supuesto, pero sí diré que es impactante y absolutamente desgarrador. Es un final en el que la música cesa y el miedo se puede palpar. Un final que nos recuerda que el arte sirve para avisarnos de lo que está sucediendo en el mundo (porque, sí, esto está sucediendo en el mundo). Sirve para ponernos en alerta. Sirve para que veamos una realidad desagradable y tomemos conciencia de que somos parte activa en el mundo y está en nuestras manos cambiar las cosas.
Cabaret es un espectáculo al que asiste todo tipo de público (no solo personas asiduas al teatro o con una ideología concreta), y que tenga ese final me parece un acierto absoluto, porque permite dejar ver a muchísima gente, todos los días, que el miedo está ahí y que ese final que vemos desde nuestra butaca dialoga con la realidad.
No dejemos que aquellos tiempos grises y llenos de terror se vuelvan a instalar en nuestra cotidianidad. No olvidemos que todos los seres humanos tenemos derecho a vivir felices. Que el arte no deje de avisarnos nunca. Con valentía y contundencia.
