Drácula, una comedia terrorífica
Carcajadas de ultratumba…
Las adaptaciones inspiradas en el inmortal personaje de Bram Stoker suelen despertar pasiones, pero en Drácula, una comedia terrorífica esas pasiones se transforman en un festín de humor desenfrenado, guiños irreverentes y una delirante libertad escénica. Desde los primeros minutos, la función encadena carcajadas gracias a un ingenioso juego de palabras, gags visuales y situaciones tan absurdas como efectivas.
Sin embargo, el atractivo de esta disparatada propuesta va mucho más allá de su vertiente cómica. La cuidada escenografía y un vestuario tan extravagante como expresivo contribuyen a construir un universo propio en el que todo parece posible. Pero si hay algo verdaderamente admirable es el trabajo del reparto: cinco intérpretes dan vida a quince personajes en un frenético ejercicio de transformación constante que se convierte en uno de los grandes motores del espectáculo.
Alexandre Ars brilla como un Conde Drácula exhibicionista, seductor y extraordinariamente narcisista, componiendo un personaje tan ridículo como fascinante. Por su parte, Víctor Nacarino protagoniza algunos de los momentos más desternillantes de la función con su inolvidable Mina, una hermana barbuda cuya estética imposible, entre tules, lazos y brillantes colores, encaja a la perfección con el espíritu alocado de la propuesta.
En definitiva, Drácula, una comedia terrorífica es una comedia disparatada, inteligente y tremendamente divertida que demuestra que el mito vampírico aún tiene mucho que ofrecer cuando se aborda sin complejos, con una buena dosis de ingenio y con grandes guiños a la actualidad. Una opción perfecta para quienes quieran salir del teatro con dolor de mandíbula… de tanto reír.